sábado, 17 de abril de 2010


Este texto no es mio, es de Fernández, de quien he leído casi todo.

Por eso, se lo pido prestado y lo publico en mi blog.

Dirán "Ah, esta piba, es una viva bárbara, publica en su blog textos ajenos"

Y sí, sorry, pero siento que este relato podría haberlo escrito yo.


Dedicado a todos los hombres y mujeres pacientes, "La paciencia del relojero"



Cuando Fernández tomó el tren en Béccar le pareció que viajaría parado hasta Retiro, pero una mujer se bajó de pronto en la estación siguiente y quedó a su disposición un inesperado asiento junto a un anciano de barba blanca, camisa leñadora y tiradores. Fernández se acomodó al sol y se dispuso a disfrutar del viaje. Pero el anciano no lo dejó en silencio.

–¿Va a trabajar, jefe?
–Sí –respondió Fernández.
–Se nota –acotó. Tenía una voz extrañamente agradable–. Por la pilcha, digo.

Fernández asintió con una sonrisa y luego cerró los ojos como si fuera a echarse una siesta. Ganas no le faltaban.

–Yo tenía una novia en Béccar –dijo entonces el anciano. Y Fernández abrió los ojos

–.Fue allá por el ’72 o el ’73, creo. Se me confunden los años. Sí, creo que fue en el ’72. Yo, por supuesto, estaba casado. Imagínese.
–¿Casado? –repitió Fernández con cierta incredulidad.
–Los dos estábamos casados, pero igual nos pusimos de novios.


El anciano miraba por la ventanilla. Fernández observó a los dos pasajeros que dormitaban enfrente: una chica metida en la soñolencia de sus auriculares y un tipo que cabeceaba ante un libro de management.
Como Fernández no reaccionaba, el anciano se miró las manos manchadas de vejez y siguió hablando:


–La conocí en una fiesta del Centro Lucense. Al principio no me pareció linda. Sólo agradable. Pensar que luego me parecería la mujer más linda de la Tierra. Pero, bueno, usted sabe cómo es este asunto del amor. ¿Qué edad tiene usted?
–Cuarenta y cinco.
–Yo tendría más o menos lo mismo. Y le digo la verdad: tenía un agujero acá, en el pecho. Andaba pésimo y no sabía por qué. A mí no me iba mal: mi mujer era buena, mis hijos estaban creciendo, tenía un buen laburo. Soy relojero, ¿sabe? Siempre me di maña. Todo parecía que estaba perfecto y que tenía que darme por muy contento. ¿Usted se sintió así alguna vez?
–No, nunca.
–Tiene suerte, pero igual me va entender. Un día vamos con unos amigos al Centro Lucense para festejar una despedida de soltero, y salgo a bailar con ella. Yo jamás fui un picaflor. No sé, no me daba por ahí la cosa, ¿sabe? Pero ella era tan joven. No, no era una pendeja. Tenía pocos años menos que yo. Pero era joven, ¿me entiende? Una chiquilina. Una mujer muy mujer, madura, con cabeza, pero a la vez una chiquilina. Puf, cuando me di cuenta de que se podía ser todo eso a la vez me enamoré, amigo. Me metí hasta el caracú. ¿Le pasó a usted? Digo, de enamorarse así, perdidamente.
–Dos o tres veces.
–Uno se vuelve ciego, ¿no? Es algo que da miedo. Se levanta de noche, y le enflaquece el cuerpo, y le da por escuchar canciones y cree que todas fueron escritas para uno.
Un vendedor de lapiceras Parker entró en el vagón vociferando y el anciano sacó un reloj antiguo de su bolsillo y le pegó un vistazo. Después miró de reojo a Fernández y se rascó la barba.
–Es increíble cómo pasa el tiempo –dijo enigmáticamente, y guardó el reloj. Parecía un poco fatigado–. Bueno, ella resultó más sensata que yo. Un romance anterior la había dejado herida y a la defensiva, y la verdad es que no quería sufrir. Entonces me decía que me quería, me lo decía sinceramente y con ardor, ¿vio? Pero luego me daba a entender que me quería como hasta ahí nomás. Que también quería a su marido, y que en realidad no sabía en el fondo de su corazón si estaba enamorada. ¡Eso a mí me enloquecía! ¡Me ponía de rodillas, señor! ¿Estuvo alguna vez de rodillas usted?
–Sí, alguna vez.
–Es muy feo, muy feo –el anciano sacó un pañuelo de otro bolsillo y se lo pasó por la frente–. Porque uno se siente desnudo, atormentado. El amor es una celebración, ¿vio? Pero sólo se puede celebrar de a dos. Cuando uno se entrega y el otro se refugia, mamma mia, parece que te arrancan la carne con una tenaza. Tuve que aprender mucho para sobrevivir, amigo. Muchísimo.

Se mantuvieron callados un buen rato, mientras pasaban las estaciones y pasaban también discapacitados ofreciendo gangas y pidiendo limosna. El relojero puso sus pulgares en los tiradores y dijo de repente algo, cuando parecía que ya no tenía nada más que decir.

–Ella me pedía que yo dejara de pensar todo con la cabeza y que me dejara guiar sólo por el corazón. Que siguiera mis instintos. Que la quisiera mucho, que le tirara con munición gruesa, que le ofreciera casamiento. Le encantaba todo eso. Pero cuando yo lo hacía su mundo temblaba y se ponía en peligro, y ella se volvía atrás y me dejaba colgado. Colgado de un pincel.

El tren estaba entrando en la zona de Retiro. El viejo se quedó otra vez en silencio, mirando las torres lejanas. Fernández se puso de repente ansioso. En cualquier momento entrarían en la estación y bajarían en el andén, y aquel viejo se llevaría el final de la historia como la ballena blanca se llevó para siempre al capitán Ahab.

–¿Y qué pasó con su novia? –le preguntó de pronto, y se sintió ridículo.

El anciano lo miró un segundo y le palmeó la pierna.

–Le voy a dar un consejo, amigo –dijo–. Un consejo paternal.

El tren frenó y se abrieron las puertas, y el anciano y Fernández se pararon juntos entre la corriente de pasajeros que los arrastraba. Salieron al andén y caminaron. Fernández iba con la boca seca. El anciano caminaba rápido y decidido, sin mirar atrás. Cuando cruzaron la zona de los molinetes, el viejo le dijo al joven:

–Le voy a dar un consejo. No quiera saber qué fue de ella. No quiera saberlo nunca. No tiene importancia.
–¿Cómo no va a tener importancia?
–Hay mujeres que son como las golondrinas.
–¿La perdió?
–También le voy a dar algo porque sé que puede servirle.
Fernández, con el ceño fruncido, se quedó esperando algo. Pero el viejo solamente le palmeó el brazo. Luego dijo:
–Me tengo que ir. Lo que le dejo es la paciencia. Si alguna vez le pasa algo parecido es lo único que va a servirle, créamelo. Lo único. Que el tiempo pase y pase, y que usted aprenda.

Ya estaban en la calle. El anciano se subió a un colectivo y se esfumó en su propia sombra. Fernández se metió las manos en los bolsillos del saco, pensativo, y descubrió en el fondo el antiguo y reluciente reloj.
El periodista sintió un cierto desasosiego en los días posteriores: tenía una historia trunca y un regalo que no merecía. Se le hizo costumbre tomar un capuchino en Café-Café todas las tardes mientras leía libros de historia y espiaba a los pasajeros que bajaban del tren y cruzaban el ruidoso vestíbulo. Una de esas tardes, mientras estaba completamente abstraído en una batalla naval del siglo XIX, sintió la inminencia de alguien. Era el viejo relojero, que le golpeaba el vidrio. Fernández lo hizo pasar y lo invitó con una copa. El viejo aceptó una caña. Tenía una sonrisa amplia y lúcida.

–Yo era la pasión y el amor incondicional; su marido era el amor sereno y la garantía –dijo sin demasiados preámbulos–. Cuando su marido vio que la perdía, reaccionó y ella se dio cuenta de que nunca había dejado de amarlo, ¿me entiende?
–¿Y qué hizo usted?
–Lloré, señor. Lloré mucho. Mucho tiempo. Me fui olvidando. Fui volviendo a mi mujer. Volví a enamorarme, llevé una buena vida.
–¿Y qué hizo ella?
–Ella extrañó. Volvió a engancharse con el marido. Y fue muy feliz.
–Y un día volvieron a verse.
–En una tanguería de San Telmo, señor. Fue de casualidad. Le aseguro que era una vieja hermosa. No había dejado de ser una chiquilina.
–¿Y qué pasó?
–Los años. Habían pasado veinticinco años. Pero descubrimos que nunca habíamos dejado de querernos. ¿Puede creerlo?
–No.
–Créalo. Eramos viudos. Nos casamos. Pero yo siempre le digo que no puedo asegurarle ciento por ciento que esté enamorado de ella.
–Y ella no le cree. Es una buena historia.
–¿Vio que la paciencia tiene un premio?

Fernández, en una breve pero sentida ceremonia, le devolvió su viejo reloj de bolsillo.



19 comentarios:

Estrella dijo...

Muy buena la historia de Fernandez sobre la celebración del amor. Escribe bien el hombre, y sus narraciones siempre tienen una buena cuota de ternura.
Saludos, mujer!

El Dc Felipe y YO dijo...

Ciertamente es muy buena la historia..
No se si tiene un final feliz o no, pero si te deja pensando....

Igual te digo, no tenes nada que envidiarle al verdadero autor, vos tenes textos muy bonitos ;)

Besotes de fin de semana Won..
EL doc

NINA dijo...

Wonder me mataste!
Como dice de las canciones, lo puedo decir yo de algunos textos...
Vos entendés.

No te pierdas!!
Extraño tus entradas...

Baci

NINA dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
magu dijo...

WONDER
Al menos tuvo un final feliz (el viejito y su antiguo amor). Yo soy impaciente, y desesperada como los románticos
¿qué FERNÁNDEZ?
un abrazote nena

OliverX dijo...

La paciencia es lo que más ansío en el mundo, hoy.
Mañana espero que esté de mi lado. Sino, seré un poco más paciente hasta el otro día.
Algún día, seré tan paciente como para no esperar más nada.
Y después, ¿qué?

Besos, heroína.

Wonder dijo...

ESTRE, a mi me gusta mucho. Es de esos escritores serenos.
Esta historia me encanta.
Es tan simple y a la vez tan compleja. Beso.

NICO, gracias. Quién sabe lo que son los finales felices?? Igual, te confieso, para mí es un hermoso final.
Espero q hayas tenido un muy buen finde (con final feliz, jeje)
Besote.

NINA, preciosa, claro que entiendo.
Ya se... debo publicar...
Bacci.

MAGU, yo soy hiper impaciente y ansiosa... es algo que aun no aprendí a controlar.
Jorge Fernandez Diaz, es Fernandez.
Beso!

OLIVERX, mi querido, la paciencia es un bien tan preciado hoy en día...
Yo juro que trabajo para desarrollar ese aspecto de mi personalidad.
Besos, varios.

conocido de la vida dijo...

Que lindo cuento W., una historia que se dá, muy real.
Sólo le hago una aclaración, "yo que soy del barrio", Beccar, va sin acento.
Beso grande

mentolado dijo...

A veces se confunde la paciencia con resignación.
Saber esperar por algo , con la paz de estar convencido,que alguna vez lo lograrás es un don casi santo en estos tiempos vertiginosos.
Me dí cuenta que voy por el buen camino, cuando tomé conciencia que hace más de tres años que no me funciona la bocina del auto y nunca me interesó repararla.
Muy buen texto.
Beso

El Fantasma dijo...

Creo que es una historia que podriamos haber escrito muchos... Y aplaudo, porque estuvo muy bien contada, a tal punto que por momentos me sentí Fernandez... y por momentos el viejo.

WaitMan dijo...

Me quedo con la última parte del diálogo:
Ella no le cree... pero quizás lo que necesita es esa pequeña incertidumbre. Esa falta de seguridad que hace que todo sea más interesante... más llevadero.

Supongo que el amor puede ser eterno, siempre y cuando esa duda continue siendo eterna.
Aunque no soy quien para afirmar esto. No creo en el amor eterno.
Saludos.

Wonder dijo...

CONOCIDO... Ud sabe escribir Beccar??? No me diga?
Lo que pasa es que de dónde lo saqué (del diario La Nación), estaba con acento. Y así lo dejé.
Quiere que lo corrija??? Pero qué exquisito me salió...
Beso!!!!

MENTOLADO, detesto las bocinas de los autos. Lo bien que hace en no arreglarla.
Una vez, con mi primer auto, un Fiesta 96, iba por el ripio en Mendoza y se me cayó (si, se cayó) la bocina. Jamás la arreglé, sólo la volví a colgar cuando tuve que venderlo.
Besotes!!!!

FANTASMA, lo bueno de esta historia es, justamente que podemos identificarnos con los personajes o con la historia de manera indefinida.
Besos!!!!

WAITMAN... que cosa. Yo lo tomé como que eso es parte del juego íntimo entre ellos.
Sin embargo, en oposición a lo q Ud opina, yo jamás podría vivir con esa incertidumbre, con esa duda.
Debo tener certezas, certezas muy fuertes. Soy demasiado volátil, como si estuviera llena de helio.
Si no me sujetan fuerte, me pierdo.
Pero claro, cada persona es un mundo, ¿no?
Saludos.

WaitMan dijo...

Así que usted es volátil? Recuérdeme entonces que para su cumpleaños le regale un ancla, así se queda bien sujeta y no anda volando por ahí.

El Fantasma dijo...

Una vez conocí a una mujer, que se fue enamorando de mi (pero yo no de ella) y cada cosa que yo le decia, ella lo tomaba como una propuesta de amor. Un día me cansé y le dije "deja de interpretar todo lo que te digo como una muestra de amor, no es asi, vos sos muy volátil". Desde ese día no la vi nunca más... ¿se habrá ido volando?

Mensajero dijo...

Barba blanca enseña que paciencia es dejar de esperar y ocuparse en otras cosas. Distinto de la resignación.
Muy lindo, aunque no entiendo qué necesidad tenía Fernández de devolverle el reloj.
Soy paciente, algun día entenderé.

jntkdvr dijo...

Que Buen Relato!
Que buen desarrollo.
Y con un núcleo paradójico, hasta irónico en el final casi morboso (conmigo):

"–Lloré, señor. Lloré mucho. Mucho tiempo. Me fui olvidando. Fui volviendo a mi mujer. Volví a enamorarme, llevé una buena vida.
–¿Y qué hizo ella?
–Ella extrañó. Volvió a engancharse con el marido. Y fue muy feliz."

Y que no puedo evitar me rompa mucho las pelotas:
¿Todas las posibilidades que se le plantean son de felicidad, luego de un duelo?
¿todo se perdona, sin más ni más?
¿todo es reversible?
¿Que concepto de la libertad es este que todas las opciones llevan a lo mismo?
¿El tiempo cura todo?

Yo de las pocas cosas que sé, sé que a priori, no sabemos que puede pasar y que estos tuvieron mucha suerte, pero muchísima. Siento que es mucho mas radical, la cosa, mas angustiante y poderosa.

Wonder dijo...

WAITMAN... déjeme volar. Iría contra mi naturaleza quedarme con los pies en el piso.
Aunque reconozco que de vez en cuando está bueno quedarse en un sólo sitio.
Besos.

FANTASMA... o por ahi, explotó...
Acordate que lo volátil suele ser inflamable. Jaja!!

MENSAJERO... será que había que darle un final más redondito al cuento???
No sé, tampoco voy a estar cuestionando al autor, vió.
Así que es paciente??? Good for you.
Esa virtud no me fue regalada.
Besos para Ud.


JNT, ¿por qué no se deja de joder un poquito y disfruta de los finales felices?
Mire, yo lo que sé, es que entre las muchas posibilidades que tiene una historia de terminar mal, existen unas pocas de terminar bien y todos felices.
La felicidad existe. Y yo suelo aferrarme a ella.
Ud tendría que acostumbrarse a ver las cosas un poco más luminosas. Y si hay amor y ganas y deseo, sí, las cosas terminan bien.
Qué quiere que le diga... vaya a tomarse unos mates.
Feliz domingo.
Le dejo unos besos.

jntkdvr dijo...

no me entiende
no es el final lo que me molesta
el final está bien, es adecuado.
lo que no me cierra
es que sean felices separados tambien, con sus antiguas parejas
a eso me refiero
a que todo es felicidad
con ellos, sin ellos
como venga...

Wonder dijo...

JNT, sospecho que no fueron felices. Pero es la manera q elige el protagonista de contarlo.
Es muy triste de la otra manera. Se imagina???
Porque lo q hicieron fue tapar su pasión con la aburrida vida diaria, olvidarse de vivir ese amor y seguir con lo fácil, lo aburrido, lo cómodo, lo que no trae complicaciones.
La indiferencia, la rutina, a veces se parece a esa calma muda que a veces se la llama felicidad.
Otras veces, uno simula la felicidad por años aunque el alma esté en ruinas.