viernes, 28 de agosto de 2009

X


Si tuviera que pintar mi grito, sería verde.


De un verde tan intenso y lacerante que no lo podrías oír en este cuarto,
en esta casa,
en esta ciudad.



Pero claro, como el verde no se oye
(¿acaso hay alguien que escuche en el vacío?)
y mi grito no se ve
(¿puede un ciego ver colores en la oscuridad?)
todo lo que acabo de escribir no tiene ni un poco de sentido.



domingo, 16 de agosto de 2009

Sincericidio

- Jugamos a contarnos un secreto? Yo te cuento uno y vos me contás otro.
- Ok.
- Mmmmm, duermo con las medias puestas porque no me gustan mis pies.
- En serio?
- Mhm. Bueno, ahora vos.
- Ok. Cada vez que veo un hombre que me atrae no puedo evitar estar con él. Nunca pude serte fiel. Es más fuerte que yo. Eso.
- No quiero jugar más con vos!!!
- Hombres! Quién los entiende?



Hay personas que piden sinceridad a rajatabla, que enarbolan la bandeja que dice "Me banco todo menos una mentira", pero que no sospechan ni un poco que no están preparadas para soportar la crudeza de una verdad.
He mantenido relaciones durante años basadas en verdades no dichas, con la total certeza de saber que si aclaraba los tantos todo se iba al diablo.
Y no hablo de relaciones de pareja. Hablo de interacciones con personas, indistintamente del sexo. Pueden ser familiares, amigos, compañeros, amantes o novios.
Mienten. Esos seres no quieren saber la verdad. Quieren escuchar sólo la suya. Y se aferran a lo que quieren creer.
Y yo no miento. Simplemente no aclaro.
Mi escepticismo me juega malas pasadas.

Pero estamos hablando de secretos.
Y he aquí uno mío: nunca le creo a los hombres. Me es físicamente imposible creer lo que me dicen. Me hablen de lo que me hablen, yo no les creo del todo. O no les creo nada. Y me gusta saber que me están mintiendo y mirarlos y escucharlos y pensar que no les creo ni un poco.
Aunque (reconozco) es agotador.
Tal vez haya llegado el momento de dejar este estado y dejarme.

Si se animan, les pido que me cuenten un secreto muy suyo. Uno oscuro, uno guardado, uno feliz, uno vergonzoso: ese que no quieren que nadie conozca pero se mueren por gritarlo a los cuatro vientos.
De hecho, no firmen. Les dejo la libertad de escribir bajo otros pseudónimos o anónimos.

No me agradezcan por ayudarlos con una liberación. Saben que estoy para servirlos.





martes, 11 de agosto de 2009

Perspectivas (Parte 3)

Norberto estaba sentado en la esquina de la habitación. Quieto, callado, fumando tranquilamente un cigarrillo negro.
Había disfrutado muchísimo al ver las maniobras de su empleado para convencer a Soledad de tener sexo delante de un extraño. Y lo excitaba de sobremanera ver a esa pendeja que se movía tan bien con la guita entre las tetas. Cómo lo calentaba ese bamboleo de ritmo cambiante. Pero no se iba a masturbar delante de su empleado. No, no, no. Debía demostrar hasta el último momento quién manejaba la situación.
Y qué linda piba… le recordaba tanto a Silvana en los años en que empezaron a jugar a ser novios en los pasillos de la facultad. Tanta energía, tanta pasión, tanta juventud. ¿En qué momento se convirtió en una mina aburrida? ¿Cuándo dejó de ser esa chiquita rebelde con ojos brillantes? ¿Cuándo se durmió dentro de ella esa mujer apasionada por las ideologías, esa leona incansable que se comía a sus rivales, esa joven que con un guiño podía derribar y poner de rodillas a la convicción más férrea…? Cuánto la había amado. Hubiera hecho cualquier cosa por ella, por su chica, por su amor. Y ahora…
“¿Tenía necesidad de encamarse con este pendejo, en mi propias narices?” Y la idea que lo golpeaba una y otra vez.

“Dale hermosa, sé buenita, movete como siempre y olvidate del viejo”, podía adivinar que le susurraba Diego al oído de su novia mientras la penetraba.

A Soledad la había visto por primera vez en el ascensor una tarde que ella fue a buscar a su chico a la oficina nueva. Subieron juntos en planta baja. El le clavó la miraba en la nuca y la recorrió hasta los talones. Qué hermosa. Y ella ni siquiera se había percatado de su presencia. Ni una mirada de reojo. Nada. Allí se dio cuenta que se estaba convirtiendo en un viejo para las jovencitas. “Qué triste”, pensó.
Luego, vió como se bajaba y se acercaba a la recepción, haciéndose anunciar. Una chica tan bella con ese pelele insignificante. Y sin embargo…
“Maldita Silvana. Puta. Sos una puta”.

“Dale bebé, movete así. Me encanta. Sos muy linda”, seguía arengando Diego.

No tuvo que sacar a relucir sus dotes de abogado calificado y elocuente cuando lo llamó a negociar. Fue más simple de lo que pensó. “Quiero ver cómo te cogés a tu novia y no me importa qué hagas para convencerla. En dos meses el nuevo puesto es tuyo. Y no se te ocurra volver a tocar a mi mujer”, resumiendo, fue lo que pasó en esa charla.

Qué linda que era Soledad. Y presumía de toda esa belleza delante de sus ojos que la comían despacio, como el día del ascensor. Tan decidida, tan simpática, tan extrovertida, tan joven.
Ya va a pergeñar qué hacer con ella. Pero eso será otro día. Hoy estaba muy excitado y cansado y asqueado y celoso y complacido y furioso y triunfante y patético.
“Ahora voy a casa y me masturbo tranquilo”, pensaba, mientras miraba a Diego subirse los pantalones.


sábado, 8 de agosto de 2009

Perspectivas (parte 2)

En el aviso pedían joven abogado con experiencia en derecho jurídico.
Diego cumplía con ambas características y en la entrevista le fue muy bien. De esta manera comenzó a trabajar en el bufete.
Luego de tres años estaba feliz, le pagaban bien, y no tenía demasiadas complicaciones. Su buen ojo para elegir los casos, su labia para las negociaciones, su atinado criterio y la simpatía que lo caracterizaba le sirvieron para afianzarse en su puesto y en la empresa. Se había comprado un auto nuevo y empezado a pagar un lindo y confortable departamento.

Hacía rato que venía mirando a la mujer del director. Era una cuarentona que aún conservaba la belleza de su juventud con ayuda de la mano de un buen cirujano y los nuevos aparatos que insisten en elevar el ego femenino, entre otras partes más visibles que también levantan.
Silvana solía colaborar en algunos casos. Monitoreaba a los abogados y vigilaba el negocio. Eso la ayudaba a salir de su rutina diaria y demasiado aburguesada para la joven contestataria que había sido alguna vez.
A él le gustaba estar en las reuniones con ella. Lo excitaba mirarle las bellas piernas y las tetas operadas que se asomaban orgullosas por el eterno escote. Y le encantaba escuchar su voz. Era una voz ronca y seductora, segura y experta. Sin titubeos. Una voz que sabía lo que quería. Y se imaginaba a Silvana en la cama, con él. Fantaseaba pensando que esa mujer le podría dar mucho más placer que su novia, hermosa, pero joven y bastante inexperta todavía.
Muchas veces, en la ducha, se masturbaba pensando en ella. En la mujer del jefe. Una mina veinte años mayor que él.
“Qué zarpado. Mejor me dejo de joder”, se decía. Pero no se dejaba.

Un día, Silvana pasó caminando por detrás de su escritorio. Él escuchó que los tacones detenían apenas la marcha y sintió el dedo de su jefa, punzante, cuando le recorrió la espalda de hombro a hombro. La uña contra la camisa planchada hizo un sonido rasposo y suave y su espalda se erizó, gélida.
Su instinto de abogado lo hizo levantarse y seguirla hasta la oficina.
- Sí Señora, ¿qué necesitaba?- preguntó.
Ella se acercó sonriendo. Puso su mano en la entrepierna de él y muy tranquila le dijo:
- Vení Diego. Tenemos que hablar.

Y así fue como se convirtió formalmente en el amante de la mujer de su jefe.

jueves, 6 de agosto de 2009

Perspectivas (parte 1)

Era un día especialmente pegajoso en Buenos Aires y el cabello suelto empezaba a molestarle.
Venía pensando que se había puesto una cartera clara que estaba demodé… “Tendría que haberme comprado la semana pasada en el shopping esa blanca de cuero, tan linda y grande como se usa ahora, de Prune. La semana que viene, por ahí…”.
Absorta en sus pensamientos, ni se dio cuenta que ya estaba en la puerta del edificio de Diego, su amigo/amante/compañero/pareja despareja de los últimos ¿seis meses?. Sí, algo así, más o menos.
Tocó timbre y él bajó a abrirle. Le había dicho que hoy le tenía que pedir un favor. Ella estaba ansiosa. “Si no te va me lo decís y listo”, le anticipó.
Le divertía pensar qué podía ser. Él estaba nervioso, pero divertido y charlatán como siempre. Se besaron un poco en el ascensor mientras ella, curiosa, le preguntaba qué quería esta vez.
Cuando llegaron al departamento, vió con sorpresa que había un tipo de unos 50 años sentado en la esquina de la habitación. Quieto, callado, fumando tranquilamente un cigarrillo negro.
- Estás loco Diego. Qué querés? Un trío no, y menos con este tipo.
- No, no… él sólo quiere mirar. No nos va a joder.
No sabe cuanto tiempo discutieron por lo bajo, pero cada vez ella ponía menos resistencia. Y la idea empezaba a seducirla. Mientras hablaba, él la tomaba de las manos y ella miraba de vez en cuando a ese hombre que fumaba tranquilo mirando el piso, como si ellos no existieran.
De pronto y como para terminar la discusión, Diego saca de su billetera tres billetes de 100 pesos. Los dobla en dos. Los vuelve a doblar. Los vuelve a doblar otra vez. La toma a ella de la mano, la trae suave hacía él y le dice al oído.
- Dale… no seas mala, si no te cuesta nada.
Y le engancha del corpiño negro, sobre el pecho, ese dinero que estaba tan planchado, tan nuevito, tan limpito...
Ella sintió una súbita excitación con ese gesto de él. Le dio una puntada en el estómago, mezcla de deseo y hastío. Nunca imaginó que algo así la podía erotizar tanto... ¿O era la idea de ser mirada por un extraño mientras tenía sexo con su pareja lo que la excitaba? Estaba demasiado confundida para llegar a una conclusión. Lo pensó unos instantes y así, siempre con los billetes entre las tetas, jugó a ser una puta.
- Esta cartera es preciosa. Cuero del mejor. Los turistas me la sacan de las manos. Cómo la vas a abonar??
- En efectivo- respondió ella, riéndose por lo bajo.

martes, 4 de agosto de 2009

Hasta en mis sueños

- Hola. Qué bien la pasamos anoche, eh.
- ¿Anoche?
- Sí, no te hagas la tonta.
- La ton...
- Bombón. Estuviste conmigo en mi sueño.
- La única verdad es la realidad, mamerto. Y en la realidad no estaría con vos ni loca.
- La realidad es sólo una versión con un poco más de consenso. Yo les creo a mis sueños. Pero bueno, no te entretengo más, nos vemos esta noche.
- ...
...
...
... (Tengo que dejar de verlo en los sueños)