martes, 30 de junio de 2009

Instantáneas


La joven de jeans ajustados y zapatillas se acomodó el cabello antes de levantarse. Luego miró que todo estuviera dentro del bolso, se ajustó los auriculares a los oídos y se paró rauda. Se dirigió hacia la puerta del vagón y se quedó unos segundos esperando que el tren frene y se abran los accesos.

El señor de traje prolijo y sobretodo miraba hacia fuera. Parado muy erguido al lado de una de las puertas, tenía los brazos cruzados y un rictus indefinido, mezcla de resignación y asco. Llevaba el aún abundante cabello canoso hacia atrás, bien peinado. Unos delgados bigotes grises bordeaban su labio superior.

La joven se detuvo a unos veinte centímetros de él, brindándole todo su perfil de niña.

El hombre que le triplicaba la edad le clavó la mirada en el rostro y se quedó mirándola, escudriñándola como si fuera a devorarla.

Sus ojos se entrecerraron, apenas. Se podía adivinar la lascivia.

Asimismo, continuaba con el extraño rictus, pero su mirar había cambiado.

Ya no existía el desinterés, no.

Parecía que el tiempo estaba detenido.

Un pintor bien podría haber retratado la escena.

Más aún, un escultor hubiese tenido tiempo de moldearla con sus manos.

La muchacha seguía ajena al hombre, con la mirada clavada en la ventana y los auriculares en sus oídos.

Luego el tren se detuvo, se abrieron las puertas y el mundo comenzó a girar.

La chica de jeans ajustados se bajó y el hombre de traje prolijo la siguió con la mirada hasta que la perdió en las escaleras y el tren arrancó.


A pleno sol, un gato agazapado no podía controlar su mandíbula temblorosa mientras miraba un gorrión que jugaba con unas migas de pan en el andén del frente.



viernes, 26 de junio de 2009

Versito de los viernes (IX)


Tu poder resignificante es magnífico.
Sólo vos podías darle a un anillo un aspecto tan erótico.
Ahora te imagino besándolo y envolviéndolo con tu lengua sabia.
La misma lengua que hospedé.

Hoy no me sacia nada, no.
Sólo tu ancla imponente
.

domingo, 21 de junio de 2009

Ya no


Ya no será

ya no

no viviremos juntos

no criaré a tu hijo

no coseré tu ropa

no te tendré de noche

no te besaré al irme

nunca sabrás quién fui

por qué me amaron otros.

No llegaré a saber

por qué ni cómo nunca

ni si era de verdad

lo que dijiste que era

ni quién fuiste

ni qué fui para ti

ni cómo hubiera sido

vivir juntos

querernos

esperarnos

estar.

Yo no soy más que yo

para siempre y tú

ya

no serás para mí

más que tú.

Ya no estás

en un día futuro.

No sabré dónde vives

con quién

ni si te acuerdas.

No me abrazarás nunca

como esa noche

nunca.

No volveré a tocarte.

No te veré morir.



Idea Vilariño, 1958

(de "Poesía Completa", Ed. Cal y Canto, Uruguay)



viernes, 12 de junio de 2009

Otoño


Caminaba por la calle eligiendo las hojas más crujientes para pisar.
Prefería las amarillas medio amarronadas, enroscadas sobre ellas mismas. Como si supiera que esas iban a crujir más fuerte bajo mis zapatillas.
Claro que algunas me desilusionaban y la humedad que escondían las convertía en hojas silenciosas.
Supongo que creías que te estaba escuchando, porque no dejabas de hablar.
Lo hacías con ese tono tan odioso, medio de reto, medio de sermón.
Realmente, si tuviera que resumir en dos líneas lo que me dijiste no sabría hacerlo. Y eso que siempre fui buena resumiendo en el colegio.
El viento helado se ensañaba con mi cabello suelto y con las hojas caídas. Me despeinaba a mí. A ellas las amontonaba y las hacía bailar en las esquinas.
Hubiese preferido estar bailando en las esquinas, como esas hojas secas, antes que caminar automáticamente a tu lado.
Ya no te escucho. Pero a diferencia del estado anterior, tu voz comienza a molestarme. Casi de manera insoportable.
Necesito deshacerme de esa voz.
Veo un banco de plaza. Parece olvidado. O puesto de casualidad.
Pienso que el banco llegó allí por elección. Que decidió irse de donde estaba y se mudó de sitio. Me gusta pensar que el banco vino de lejos, que le costó tomar la decisión, pero que luego de varias luchas internas, eligió esa calle de Buenos Aires para vivir.
Si, se lo ve satisfecho, fuerte y seguro con su decisión.
Y tu voz… ¡Ay tu voz! Sigue sonando de fondo y no me deja escuchar las hojas que crujen bajo mis pies.
Decido separarme y dejarte ir con mi cáscara.
Allá va ella con vos. Qué linda pareja hacen. Hasta me animaría a decirte que ella sí te está escuchando.
Mientras, yo me siento en el banco amigable, en medio de la ciudad, en compañía del viento frío y las hojas que vinieron a bailar a mis pies.
Me anima respirar profundo en los días helados y que mis pulmones se llenen de ese aire.
Es lo más cercano a la pureza que puedo pretender un día como hoy.