miércoles, 29 de abril de 2009

Sanación


Un gato sucio, roto y descosido se acicala sin ganas.
Ni lengua rasposa para lavarse le había dejado la vida.
Una vez, alguna, creía recordar, fue un hermoso gato pardo de ancas musculosas y garras afiladas.
Sus ojos de tigre y su olfato sensible le proveían las presas más exquisitas.
Recuerda -y se le hace agua la boca- aquellas épocas de ratones grandes y torcazas gordas.
Ahora, se mira exhausto y piensa que es un gato viejo y destartalado, lamiéndose las heridas causadas en su última pelea por el amor de esa gata atorranta, la más linda del vecindario, aquella que ni siquiera lo quería, ni lo pretendía.
Y pensar que…
Baja la cabeza y sigue lavando su pelaje sucio y acartonado de mugre, saliva y sangre, mientras recuerda que la herida que más le preocupa es la del lomo, justo arriba del cuello, exactamente en el lugar donde su lengua no llega.
Se juró que mañana, luego de dormir un rato, encontraría a alguien que esté dispuesto a lamer sus heridas.
Y él se dejaría.

Ya lo había decidido.

Foto: Juan José Gutierrez

miércoles, 22 de abril de 2009

Apurados


Decididamente, las callejuelas del microcentro de Buenos Aires incitan a la incomunicación.
Son tan delgadas que sólo permiten dos hileras de personas. Unas que vienen y otras que van.
En las horas pico, es difícil pasar a quien camina lentamente, o está excedido en peso o cargado con bolsas y paquetes. En ese momento exacto es donde los saltarines salen a escena y, con bastante esmero y poca educación, sortean a los retrasados o bajan y suben el cordón de las veredas como equilibristas desaforados.
Si Ud. tuviera la loca idea de ir acompañado, la otra persona deberá colocarse detrás de uno, como en fila india.
Por favor, no insista en iniciar una conversación. Su compañero no lo escuchará por los bocinazos o por los martillazos de los arreglos esporádicos de calles y veredas y dejará una imagen muy graciosa en los transeúntes que pasen, al verlo cogotear cual gallina bataraza para intentar en vano escuchar lo que le están diciendo.
Si Ud, señora o señorita, hoy se puso sus bellos stilettos nuevos, deberá esmerarse para no pisar caquita de perro o no quedarse clavada hasta el tobillo en el barro de alguna vereda rota y a medio asfaltar.
A esta competencia por llegar a algún lado, hay que sumarle la gente que lleva los auriculares de sus mp3 (me incluyo) o está hablando por sus celulares muy animadamente y a los gritos.
Así caminamos como podemos, como si fuésemos vehículos a control remoto manejados por algún loco acelerado. Saltamos, esquivamos, corremos, trotamos, frenamos, todo con una sincronización pocas veces vista.

En este escenario donde todos los factores se alían y se conjugan para potenciar la incomunicación hasta su punto cúspide… decime, a ver, explicame, esmerate, concentrate… ¿Cómo voy a hacer para encontrarte?



Foto: Martín Gallego

jueves, 16 de abril de 2009

Fantasmas


Por culpa del sol que me daba en la cara, mis ojos maquillados se entrecerraban, espiando por obligación.
Hacía rato que no me detenía a escuchar los ruidos de la calle. Me gusta cuando el sopor de la siesta los hace alejar, como si fueran una ilusión sonora.

Ecos, ecos…

En ese momento siento que mi cuerpo se aleja, que se va por un rato.
Que vuela hasta allá, como un ave (¿Qué pájaro te gustaría que sea? Nunca me lo dijiste…) Y así, con alma de ave y cuerpo de hada me quedo cerca tuyo, cuidándote, lamiendo las heridas, en silencio.
Lo mejor y más disfrutable es que ni siquiera sospechás que estuve con vos.
Me levanto, agarro mis cosas y me voy.
Después vuelvo, ¿si?

jueves, 9 de abril de 2009

Costumbres aprehendidas


Siempre tuvo algo de geisha.
Desde muy niña, disfrutaba de las pequeñas ceremonias y del arte de homenajear.
En los detalles ponía voluntad y esmero, y se sentía feliz de ser una buena anfitriona.
Su padre le había enseñado varias cosas cuando tenía cinco años. Entre ellas, a jugar al Truco y a preparar “el aperitivo”.
Como la niña no sabía leer, el hombre le hizo en un papel dibujitos de las cartas y las ordenó por valor. Le explicó lo básico y le enseñó las señas y la importancia de hacerle creer al contrincante que uno está “cargado”. También le enseñó a mentir y a desarrollar la percepción (cualidades que la ayudarían mucho en futuras contiendas, aunque no sean de Truco).
Pero ese es otro cuento.
Para preparar el aperitivo, la niña disponía sobre la mesada los ingredientes y un pequeño medidor de líquido plateado. La “medida”, le decía ella.
Una vez que estaba todo listo, comenzaba la mezcla: una de Fernet, una de Gancia, un chorrito de soda (atención, no un chorro), el jugo de medio limón y cuatro cubitos de hielo. Se agitaba y ¡voilá!
La niña le llevaba la poción a su padre con mucho placer y orgullo, asentando las bases donde se desarrollarían sus dotes de anfitriona y su gusto por ciertos placeres gourmets.
Ya sé, muchos podrían argumentar que eso no es cosa de chicos, que los malos hábitos y la cercanía al alcohol no son buenos compañeros… ¡¡Pamplinas!!
Hace treinta años, ciertas costumbres no se tomaban tan dramáticamente como ahora y los psicopedagogos y educadores progres se dedicaban a hacer tareas más interesantes como, por ejemplo, estudiar otra cosa.
Como sea, la niña siguió trepando a los árboles y andando en bicicleta y tomando la leche mientras veía el único canal que pasaba por la tarde dos horas de dibujitos.

Qué sencilla e inocentemente salvaje era la vida, ¿verdad?



jueves, 2 de abril de 2009

Versito de los viernes (VIII)



Avisame cuando te pese demasiado.
Avisame cuando tu sadismo no necesite más de él.
Avisame cuando estés dispuesto a ceder un poco y dejarlo respirar.
Avisame cuando dejes de estrujarlo entre tus dedos como una bota vacía.
Si ya no tenés sed. Ni hambre. Ni vida.
Dejalo que sobreviva, hijo de puta.
Dejalo apoyado como lo encontraste, solo, en un nido solo.
Dejalo.

Él va a seguir latiendo, a pesar de vos.