lunes, 26 de enero de 2009

Belicosidades (refrito estival)

A Soledad siempre le había molestado la gente confianzuda, esos seres que en cualquier momento ocupan el lugar que nadie les otorgó y se lo adueñan como si siempre hubiesen estado allí.
Vale aclarar que a Soledad también le molestaban los lugares llenos de gente como un colectivo desbordante, un shopping un domingo por la tarde o un restaurante demasiado concurrido y ruidoso.
A Soledad la desequilibraba todo territorio, gesto o acción que pudiera invadir su espacio personal, esa burbuja tan íntima que nos creamos a nuestro alrededor.

Una tarde lluviosa y helada, fue a recorrer locales en busca de un libro que se le había antojado leer. Fue así que se perdió en los laberintos de esa inmensa librería y se dejó llevar de pasillo en pasillo sin apuros ni parquímetros.
Tomó un libro de un autor que no conocía con un título sumamente tentador y comenzó a ojearlo, concentrada.
De pronto, el dedo índice de una mano huesuda toca la hoja de su libro, justo donde ella leía y le señala una oración.

- Excelente libro. Lo devoré en unas horas. Muy recomendable.

Soledad se asustó y se tiró instintivamente para atrás.

- No te asustes. No te voy a hacer nada.

- No, por favor, disculpame- llegó a balbucear la chica, un poco avergonzada por su acción.


Cuando levantó la vista y se repuso del enojo, se dio cuenta que su invasor podría llegar a ser el amor de su vida.
Así, bajando la guardia, cedió territorio para comenzar una charla amena e interesante, que continuó en los sillones de la librería, café de por medio.
Mientras el caballero sin armadura hablaba y gesticulaba torpemente, Soledad lo miraba, lo escuchaba y sentía que se había enamorado.
Nunca pensó que le iba a resultar tan fácil.
Ahora, la joven sólo pensaba en cómo demostrarle que quería ser conquistada, invadida, seducida, explorada… que era arcilla en sus manos, territorio virgen, que había perdido la batalla, que estaba entregada.

Por Dios!!! Impensable. Una chica como ella… nunca fue de armas tomar.

De nuevo, el Cid atrevido, invadió con un gesto exagerado el espacio de Soledad. Y ella, otra vez, instintivamente (maldito instinto) se tiró para atrás.

- No te asustes. No te voy a hacer nada.

- No, por favor, haceme.


viernes, 23 de enero de 2009



Te duele este deseo.
Te duele en la piel, en la carne, en los ojos.

Te duele tenerla cerca y no poder tocarla, o hablarle sin poder decirle.
Es un dolor punzante, un dolor de ganas, un dolor de antojo, un dolor sordo.
Cerrás los ojos y pedís un día entero con ella. Para encerrarla al vacío y sentirte dueño de ese aire. Para desnudarla y dejarla en tu cama. Y mirarla. Y recrearla, por supuesto.
Que te deje un jirón de aura, que quede impregnado en tu cuerpo su olor. Tatuar en tu espacio esos ojos. Olerte las manos y recordarla y sentir que se te estrangula el estómago.
Por eso te duele el deseo. Y a veces te gusta el dolor.




lunes, 19 de enero de 2009

Caprichito


Por favor, besame. Be - sa - me.
¿Me querés decir qué estás esperando?
¿No ves cuánto deseo que te acerques de una vez?

Este histeriqueo se nos fue de las manos. No me digas que te cohíbo, no vos, por favor.

Dale, besame. Comeme de una vez. Mordeme los labios. Hurgame con tu lengua curiosa. Devorá esas pecas mellizas que tanto te gustan y que habitan desde hace años en el borde superior de mi labio izquierdo. Porque para darte cuenta de eso, me tenés que haber mirado mucho, mucho…
Por favor, escuchame, prestá atención: haceme pedacitos, cortame chiquitita y meteme en tu boca. Comeme a bocaditos, bien lento, con palitos, como el sushi. Y degustame como se prueba un buen vino tinto. Saboreame, escupime, volveme a saborear. Llename de tu saliva, embadurname, mojame, mordeme, tragame.
Excitame con un beso. Prometeme con un beso. Haceme acabar con tu beso.

Prometo no desconfiar. Esta vez quiero creer.

Pero después.

Ahora, ya, por favor, te lo suplico, te lo pido, te lo ordeno. Besame ya.

O atenete a las consecuencias.


lunes, 12 de enero de 2009

Destiempos


Y de pronto, transparentes.
No existe la búsqueda.
Nunca existió.
Desde el principio fuimos juntos.
El génesis con vos. El fin con vos.
Por eso no es espera,
por eso no es tiempo lo que vivo
(sin tu presencia)
es sólo el preámbulo.

Cuando nos encontremos de nuevo,
allá, como siempre, otra vez,
estaré dispuesta, ansiosa,
deseando volver a verte
(ahora si con mis ojos)
creándome para sentirte
(ahora si con mi cuerpo)
muriendo para nacer, como antes.

jueves, 8 de enero de 2009

Nimiedades (última parte)



Era una noche preciosa de verano. Las chicharras cantaban, gritonas, en el parque verde.
Andrea sintió deseos de estar acompañada, abrazada, contenida.
Y la golpeó un profundo desprecio por Diego, por su ausencia, en realidad.
Igual, lo esperaba. Tarde, pero llegaría, con alguna estúpida excusa llegaría. Como siempre, llegaría.
Recordó lo mucho que le molestaba que él no la mire a los ojos cuando ella le hablaba o cómo la alteraba que en medio de un silencio, bufara por lo bajo o chasqueara la lengua entre los dientes en clara señal de desagrado por la situación. Porque a Diego lo enojaba casi cualquier situación, pensaba convencida Andrea.
Cuando llegó el muchacho, ella preparó café y lo sirvió en la galería. Una taza grande para él, otra para ella.
Se sentaron uno frente a otro, en los sillones de madera de respaldo alto, apoyabrazos y suficiente espacio para un cuerpo robusto, herencia de la abuela y que la chica cuidaba con especial esmero.
De pronto Diego comenzó a tener espasmos. El cuerpo le temblaba como si estuviera tiritando de frío.
Asustado se paró, pero enseguida cayó al piso, doblado, agarrándose el estómago, temblando de manera incontrolable. Tendido en las baldosas, sacudía sus piernas y sus brazos como un insecto desesperado, mientras un líquido espumoso le comenzaba a salir por la boca.
Con los ojos desorbitados y llorosos, miraba a la chica, implorando ayuda, pero ella seguía sentada en su sillón, cruzada de piernas, con la taza de café en la mano, la cabeza levemente doblada hacia la izquierda y los ojos fijos observando la agonía.
Luego de dos horas, comenzaron a llegar algunos insectos nocturnos que sobrevolaban y se paraban en el cuerpo del chico. Después aparecieron las hormigas, cientos de ellas, que hicieron lo suyo. Ya no se escuchaban las chicharras.

Mientras se levantaba del sillón, no podía dejar de pensar que temprano a la mañana tendría que lustrarlo con cera para sacar la mancha de café que ese inútil había derramado.


lunes, 5 de enero de 2009

Nimiedades (primera parte)



Tal vez si alguien se hubiera fijado en ciertos detalles, no se habrían asombrado tanto.

Andrea siempre se encargó de dejar señales, indicios, huellas.
Por ejemplo, de pequeña, solía rascarse las picaduras de mosquitos hasta que se forme una cáscara y luego las arrancaba para que la herida sangre.
Dejaba que la sangre forme un hilo descendente, hasta que coagulaba. Dos minutos tardaba en formarse una membrana sobre el líquido. Luego se endurecía y se descascaraba solo.
A Andrea le gustaba mirar los caminos caprichosos que elegía su sangre para derramarse.

Era una mujer muy llamativa. De largos cabellos oscuros y pesados, ojos inmensos y nariz con personalidad. Tenía sus delgados brazos llenos de cicatrices redondas y blanquecinas, consecuencia de varias mutilaciones, como le gustaba decir de manera dramática a su madre.
Pero nadie se fijaba en los brazos de Andrea. Era muy bonita como para que alguien se detenga a mirar ese detalle.

Siempre tuvo relaciones malas y duraderas con los hombres.
A su familia le gustaba pensar que los demás eran los culpables de la eterna mala fortuna de la chica y no que ella era la hacedora.
Hombres egoístas, vividores, perversos, miserables… era un imán para una serie de tipejos que la dejaban con el estómago hecho trizas, el cuerpo flagelado y el espíritu en compota.
Diego, el último, no le había dado importancia a esa costumbre que tenía Andrea de herir a pequeños animales y verlos morir.
Una vez apareció un pájaro moribundo en el jardín. Ella se sentó esperando que muera. Se quedó mirando embobada, como quien mira el fuego, la manera en que el ave se retorcía, girando, aleteando hasta que se quedó quieta. Luego, esperó que lleguen las hormigas coloradas por el manjar fresco. Recién ahí se levantó, complacida.

Siempre hay que fijarse en los detalles. Dicen mucho más que una presentación de principios.
Les aseguro que nadie se hubiese sorprendido tanto con lo que pasó después.