martes, 30 de septiembre de 2008

...se hace camino al andar


La característica evocadora de la música es fascinante.

Chateando con un amigo, comenzamos a nombrar entre risas nostálgicas ciertos temas de Nino Bravo y José Luis Perales.
Inmediatamente después, despegué de la realidad y recordé el Winco que había en el living de la casa de mis padres.
Testigo de mis primeras actuaciones familiares, lo imagino cubierto por una especie de plástico amarillento y duro. El “tapatocadiscos”, le decíamos.
Me parece que puedo escuchar el gastado LP de Serrat homenajeando a Machado, en esas tardes de verano y calor y verme, sentada en el piso, canturreando frases que no llegaba a entender.
O sentir la compañía de mi mamá, leyendo distendida cerca mio y respondiendo consternada ante mi súbita pregunta: ¿Má, qué significa “se fundirán nuestros cuerpos diciendo te quiero”?

Y la increíble Raffaella Carrá??? Debo reconocer que mi precoz deseo de ser actriz y cantante (vocación que mi padre se encargó de tirar por la borda y luego la Universidad y demás situaciones terminaron de desterrar) provino de aquella rubia platinada revoleando la cabellera.
Recuerdo a los hastiados invitados de las cenas amistosas, soportando mi histriónica actuación. Uno de ellos era el iluminador encargado de sostener la linterna que haría de foco. Yo apagaba las luces, ponía el disco y salía de atrás de algún mueble, micrófono imaginario en mano y tacones prestados.
El Winco fue testigo de peleas fraternales, de bailes familiares y de prácticas coreográficas…

Me pregunto qué habrá sido de ese tocadiscos.
Me pregunto qué habrá sido de él.
Me conviene más eso que preguntarme qué habrá sido de la niña fantasiosa e intrépida que quería ser actriz.

viernes, 26 de septiembre de 2008

El vestido (última parte)




Atravesó el lobby del hotel pensando en D.

Se sentía muy seductora en su vestido. Lo importante es la actitud, le habían dicho alguna vez.
No demoraron en ofrecerle una copa de champagne.

- Vino tinto para nosotros, se adelantó su marido.
- Gracias, hoy prefiero champagne.
- No te emborraches, por favor, no me hagas pasar vergüenza.
- ¿Me vas a dejar sola entre tantos lobos?
- Si se acercan demasiado, gritá como una pastorcita.

Y se perdió entre la gente.

Ella bebió y repartió risas y sonrisas. Mientras, miraba el reloj cada dos minutos.
Todavía no había decidido qué hacer. ¿Se quedaba en la fiesta haciendo caso omiso a la invitación de D. o iba a verlo y lo enfrentaba?
Lo mejor sería subir a la habitación y ponerle fin a esta relación que aún no había empezado. Sí, eso era lo correcto.
Ella era una mujer bastante feliz, no necesitaba un amante.
Aunque D. la despabilaba tanto…
Comprobó que su marido estaba demasiado interesado en su mundillo y rodeado de pusilánimes aburridos.
Se separó del grupo, se escabulló por el pasillo y fue hasta los ascensores.

Habitación 314. Respiró profundo. Tocó la puerta.

- Está abierto. Pasá.

Apenas escuchó la voz de D. se le aflojaron las piernas y se le doblegó la voluntad.

- ¡Mejor de lo que imaginaba!
- Gracias.

- Levantate el vestido. Mostrame las piernas… más… un poco más.

Ella subió el vestido hasta la mitad de sus muslos.
Tenía ganas de demostrarle a ese hombre todo lo que lo deseaba. Pero no iba a jugar el mismo papel que solía interpretar. Quería algo más.
Con los sentidos erizados, se acercó a D. le tomó la mano, la dirigió por debajo del vestido y no tuvo pudor en mojarle los dedos entre sus piernas.

Lo empujó sobre la cama y se sentó sobre su rostro. Se sintió libre de mirarse al espejo y se supo bien puta cuando luchó con su dócil víctima empujándose con más fuerza contra la cara del infiel que trataba de liberarse para respirar y volver a someterse.

Luego de festejar con todo el cuerpo un prolongado orgasmo, se levantó y se acomodó la falda.

- Me tengo que ir… me esperan en la fiesta.


No podía darse el gusto de arrugar ese bello vestido violeta.

martes, 23 de septiembre de 2008

El vestido (Primera parte)



Entró ansiosa a la casa con una bolsa en su mano derecha y subió a su cuarto.
Se desnudó rápidamente. Quedó frente al espejo apenas cubierta por la tanga diminuta.
Levantó los brazos, cerró los ojos y se puso el vestido con cuidado.

“Fue hecho para vos”, y recordó a D.
Acomodó sus pechos, se miró y comprobó que eran vanos los esfuerzos por lograr ocultarlos cuando se inclinaba.
Giró y le encantó el modo en que la tela copiaba su silueta ofreciendo el espectáculo de su espalda bronceada.
Se miró la cola y confirmó que se notaba la ropa interior. Entonces la aflojó con sus pulgares y la bajó moviendo las caderas.
Cuando la pequeña bombacha le rozó los tobillos no pudo evitar apretar sus muslos para potenciar la excitación que la invadía.

“Sos potencialmente infiel”, volvió a recordar que le dijo D.

- Qué lindo vestido….
- Ay! Me asustaste, ¿cuándo llegaste?

- Antes que vos… ¿Te falta mucho? Tengo hambre.

La irritaba la indiferencia de su pareja, pero disfrutaba que se sintiera su dueño, que se otorgara el derecho de poseer su cuerpo cuando le viniera en gana.
Le gustaba atrevérsele a ese hombre y rendirse en la cama, sometida por su deseo. Y la tranquilizaba el dormir acurrucada, con una mezcla de tristeza y serenidad. Creerse así, la liberaba de la culpa que le provocaba disfrutar tanto cuando él la trataba de esa manera. Era parte del juego que le gustaba jugar…

Y además, ese vestido le quedaba tan lindo. Y cada vez que lo miraba, se le estrangulaba el estómago porque no podía evitar recordar la última invitación de D:
“Habitación 314, en la fiesta de recepción en el Alvear, a las 2.30. Te voy a esperar media hora.”

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Ya que andamos a los besos...


A ver...
Parece que a todos nos encantan los besos (bueno, a casi todos)
Los comentarios de Sophie y de Stellita, me hicieron pensar que sería bueno que contemos cómo fueron nuestros primeros besos.
Si el primero es muy aburrido, pueden contar como fue ese beso que los estremeció, que robaron, tramposo, travieso, terrible, inolvidable...
Deténganse unos segundos y pónganse a pensar en ESE beso.

Les cuento mi primer beso. Tenía casi 15 años y hacía un mes que salía con un chico muy lindo el cual nunca me había besado (no, nunca fui precoz ¿qué se creían? Lo que pasa es que después aprendí rápido).
Sigo. Estábamos muy enamorados (de la manera que se puede estar enamorado a esa edad) y éramos muy inocentes.
En la casa de una amiga, luego de mil amagues, nos besamos tímidamente. Después de ese primer beso, de romper la barrera, no podíamos dejar de besarnos.
A veces, pasábamos una, dos horas a los besos, felices y enamoradísimos...

La verdad es que fue un beso mal dado, sin experiencia, rígido y bastante aburrido pero, a pesar de eso, aún lo sigo recordando como si hubiese sido ayer.

Y Ustedes? Qué tienen para contarme????

lunes, 15 de septiembre de 2008

Pseudo tratado de besos


Muchas veces los besos suelen ser tomados a la ligera.
Sin embargo, un beso bien dado puede llegar a ser el principio de una buena historia.

Eso fue lo que le pasó a Jimena.
Había conocido a Nicolás en una noche sin luna. Luego de una charla intrascendente y poco interesante, justo cuando la chica estaba por despedirlo sin pena ni gloria, el hombre la besó.
Fue un beso increíble. Digamos que a Jimena le sorprendió la manera en que Nicolás la miró profundamente a los ojos, la tomó de una mano, la pasó por detrás de su cintura, la atrajo hacia él y la besó.
Al principio fue un beso lento, de labios secos y semicerrados. Luego, comenzó a crecer la intensidad, a medida que la boca se entreabría y esos tímidos labios se empezaban a mojar.
Una vez que la chica dejó de mostrar resistencia y se dejó llevar por sus sorpresivas ganas de seguir besando, el chico comenzó a hurgar en la boca de Jimena, buscando su lengua esquiva. Ella se dejó llevar, se acomodó mejor, tomó coraje y abrió la boca con ganas, devorándose a Nicolás que ya no necesitaba seguir insistiendo.

De a ratos dejaban de besarse, se miraban unos segundos, respiraban lento y profundo y volvían a encontrarse.
Se mordisqueaban los labios, se lamían las comisuras…
Se gustaban, se degustaban, se sentían, se olfateaban, se probaban, se maridaban, se complementaban, se devoraban, se saciaban, se bebían.
A veces, la chica lo tomaba del cuello, le levantaba la cabeza con ambos pulgares y pasaba su lengua por la garganta y por la pera de Nicolás, para clavarle apenas los dientes y luego seguir besándolo.
Y así, se comieron a besos un buen rato, cruzando fluidos, abriendo sus bocas y jugando con sus lenguas.

No… los besos no deben ser tomados a la ligera.


Creo firmemente que si un hombre no es generoso al besarme, tampoco sabrá hacerme el amor.


He dicho.

viernes, 12 de septiembre de 2008

El versito del Viernes (III)

Que tengan un lindo Fin de Semana.
El mío viene movidito... ojalá esté bueno.
Les dejo esta foto tan real, un texto que me perturba, un super abrazo y un beso.



No puedo desprenderme de vos.

Sos una adicción.
Sos mi vicio, mi pecado, mi culpa, mi goce, mi placer.
Me hechiza que me desnudes sin dejar de mirarme,
conteniéndonos,
cayendo una y otra vez en lo que tratamos de evitar.
Sos lo que no debo. Sos lo prohibido, lo que hace mal.

Soy un animal con vos.

Soy inconsciente con vos.
Mi naturaleza pensante desaparece
para que podamos estar un rato más.
Un poco más.
Un susurro más.
Una vez más.
Un beso más.

Y aquí estamos,
de nuevo en el principio.

lunes, 8 de septiembre de 2008

Belicosidades



A Soledad siempre le había molestado la gente confianzuda, esos seres que en cualquier momento ocupan el lugar que nadie les otorgó y se lo adueñan como si siempre hubiesen estado allí.
Vale aclarar que a Soledad también le molestaban los lugares llenos de gente como un colectivo desbordante, un shopping un domingo por la tarde o un restaurante demasiado concurrido y ruidoso.
A Soledad la desequilibraba todo territorio, gesto o acción que pudiera invadir su espacio personal, esa burbuja tan íntima que nos creamos a nuestro alrededor.

Una tarde lluviosa y helada, fue a recorrer locales en busca de un libro que se le había antojado leer. Fue así que se perdió en los laberintos de esa inmensa librería y se dejó llevar de pasillo en pasillo sin apuros ni parquímetros.
Tomó un libro de un autor que no conocía con un título sumamente tentador y comenzó a ojearlo, concentrada.
De pronto, el dedo índice de una mano huesuda toca la hoja de su libro, justo donde ella leía y le señala una oración.

- Excelente libro. Lo devoré en unas horas. Muy recomendable.

Soledad se asustó y se tiró instintivamente para atrás.

- No te asustes. No te voy a hacer nada.

- No, por favor, disculpame- llegó a balbucear la chica, un poco avergonzada por su acción.


Cuando levantó la vista y se repuso del enojo, se dio cuenta que su invasor podría llegar a ser el amor de su vida.
Así, bajando la guardia, cedió territorio para comenzar una charla amena e interesante, que continuó en los sillones de la librería, café de por medio.
Mientras el caballero sin armadura hablaba y gesticulaba torpemente, Soledad lo miraba, lo escuchaba y sentía que se había enamorado.
Nunca pensó que le iba a resultar tan fácil.
Ahora, la joven sólo pensaba en cómo demostrarle que quería ser conquistada, invadida, seducida, explorada… que era arcilla en sus manos, territorio virgen, que había perdido la batalla, que estaba entregada.

Por Dios!!! Impensable. Una chica como ella… nunca fue de armas tomar.

De nuevo, el Cid atrevido, invadió con un gesto exagerado el espacio de Soledad. Y ella, otra vez, instintivamente (maldito instinto) se tiró para atrás.

- No te asustes. No te voy a hacer nada.

- No, por favor, haceme.

lunes, 1 de septiembre de 2008

Decime algo lindo



Hernán era un joven Licenciado en Sistemas con una vida ordenada y estable.

Se casó con su novia de la juventud, una chica sencilla, dulce y bondadosa. Tenía un hijo precioso e inquieto, que era la luz de sus ojos y un trabajo cómodo y demasiado sedante para su gusto, pero que le daba la tranquilidad de llegar bien a fin de mes. Conservaba un grupo importante de amigos que conocía desde su adolescencia y con los que salía a divertirse cada quince días…

Se consideraba un joven deportista de sueños truncos. Desde pequeño, sobresalió en el equipo de fútbol, pero por temores infundados, nunca decidió probarse en las grandes ligas. Por eso, terminó jugando con sus conocidos al Papi Fútbol y era, todavía, el mejor dentro de la cancha.

Hernán era un hombre feliz y sentía que estaba madurando. Encajaba bastante bien esa idea cuadradita en su cabeza rectangular. Era como un niño que quería ser astronauta, pero terminó siendo un gran astrónomo. Cosa que no estaba tan mal, según su perspectiva.

Pero las palabras siempre lo habían seducido, excitado, calentado. Las palabras lo podían. Y ciertas palabras dichas y escuchadas durante una sesión de sexo eran sumamente estimulantes para él. A Hernán le gustaba decir y escuchar guarangadas. Las cosas más sucias y callejeras que se puedan imaginar lo excitaban de sobremanera.
Sí… escuchar las guarradas más cerdas, lo pensable y lo impensable, las palabrotas menos protocolares hacían que su libido explote por el universo.

Pero con su esposa… no podía. Aunque no crean que no lo intentó. Una noche, le dijo, tímidamente, apenas:
-Vení perra, mi puta, la más puta. Vení vos y tus terribles tetas.

Ella lo miró y le dijo enojada:
- Qué te pasa? Tomaste algo?

Eso le sirvió de lección para no volver a intentarlo con su mujer.

Entonces comprendió que los órganos y los sentidos no guardaban una relación directa y lógica.

Una pena. Su esposa jamás entendería lo hermoso que es tener un clítoris en el oído.