lunes, 28 de julio de 2008

Capricho


Una de las sensaciones que menos me gusta es la de extrañar a alguien.
Me incomoda, me saca de contexto, me pone de mal humor, no me deja concentrar.
Es como la criptonita para Superman o las cruces para los vampiros; me saca poderes extrañar. Me debilita.
El extrañarte es una sensación física y acarrea otros sentimientos como enojo, decepción, angustia, nostalgia… todo lo que tenga que ver con la nostalgia me entristece.
O sea, extrañarte me entristece.

Es raro extrañar. Pareciera que es medio indefinido, gris, parcial. Que no es visceral y apasionado como el odio, el amor, la ira, la compasión, las certezas. Sin embargo está ahí y hace estragos porque me enmudece, me aplasta y me paraliza.
Te extraño, te extraño, te extraño, te extraño.
Mierda!!! Como te extraño.
Esa imposibilidad de tenerte acá y ahora despierta en mi la nena caprichosa que supe ser. Ufa. Y miro el teléfono mil veces y no suena. Ni sonorá, lo sé. Y chequeo mi mail una, dos, tres, cien veces. Y la casilla se llena de mensajes que no son tuyos.
Pero te extraño. Te extraño tanto que me enojo. Me enfurezco. Me despabilo.
Te extraño tanto que ya no te quiero.
Y me pongo unas placas aislantes muy interesantes que bloquean todo tipo de sentimientos y no dejan salir las ondas amorosas que emito. Y entonces, una vez instaladas, me conecto a la vida de nuevo y salgo. Y hablo y leo y desayuno y trabajo y me rio y canto y gozo. Y ya no te extraño.
Por lo menos, hasta que vuelvas.

viernes, 25 de julio de 2008

De entrecasa

Mis queridos... Viernes de refrito.

Les dejo para leer un posteo al que le tengo especial cariño.
Mientras lo hacen, les recomiendo escuchar la música que más les gusta.
Que tengan un lindo fin de semana. Ya saben lo que disfruto y recomiendo: mimos, besos, comiditas ricas, bebidas espirituosas... no olviden abrigarse, a ver si se me enferman.

Besitos.

Por el celular, me pediste que entrara sin hacer mucho ruido.
Abrí la puerta. El living estaba apenas iluminado. Una lámpara de pie con luz cálida, un par de velas. La PC estaba encendida y sonaba en el equipo de música un blues clásico, de los que se arrastran, de los que sangran. Te observé sentado en el sillón, casi desparramado.
Me acerqué lento, sonriendo apenas y te besé en la boca. Un beso largo, sin lengua. Un beso de labios. Sentí tu aliento a fernet con cola, tu bebida favorita para un sábado a la noche. Me encanta cuando olés así. Me gusta cuando te beso y un poco de tu saliva con un dejo a ese trago se queda en mi boca. Después, vi el vaso casi vacío en el piso, al lado del sofá.

-¿Qué es esto?- te pregunté sabiendo la respuesta.
-Sacate toda la ropa. Lento. Y no hables- me pediste.

El juego ya estaba planteado. Y me dispuse a jugar con vos.
Me desvestí despacio, como querías. No te saqué la vista de encima. Me gusta cuando empezás a ponerte nervioso, a excitarte pensando en lo que va a pasar.
Junto a cada prenda que caía al piso, se acortaba la distancia entre nosotros. La música sonaba cada vez más cerca, cada vez más lujuriosa.
Cuando estaba desnuda, me acerqué a vos, tomé un trago de tu vaso y te pregunté al oído:
- Ahora que querés que te haga, Papito?
- Haceme lo que quieras.
Y lo hice. Con la paz de estar en casa y la tranquilidad de tener a nuestra hija durmiendo, serena, en su habitación.

lunes, 21 de julio de 2008

El bar de la soledad


La vio por primera vez en un bar cercano a la facultad. Era de esos bares antiguos que rodean los centros de estudiantes pero en los que, paradójicamente, nunca había ningún alumno estudiando. La clientela consistía en borrachines, hombres insatisfechos, mujeres descuidadas, viejitos aburridos y jóvenes melancólicos.
El bar de la soledad, lo había bautizado él. Entonces, aprovechaba el silencio del lugar para ir a estudiar sin tener que saludar a nadie y entablar una charla obligada.
Ella siempre se sentaba en una mesa al lado de la ventana sucia, pedía un cortado y se ponía a mirar hacia la calle. Apoyaba el celular en un costado y lo utilizaba de reloj. Sacaba un libro y se ponía a leer. De vez en cuando, con un lápiz hacía anotaciones al margen o subrayaba renglones. Tomaba un sorbo del café y miraba el teléfono.
Así cada vez.
Él estaba obsesionado con esa bella lectora de ojos cálidos. Era serenamente hermosa y tenía un cabello que olía muy bien y unas manos muy suaves. Claro, que esto lo imaginaba mientras la miraba. A veces, ella movía ligeramente los labios, como si la frase que estuviera leyendo mereciera ser dicha además de ser leída. A él le encantaba que ella haga eso, como si le estuviera diciendo un secreto al oído.
Todos los días se decía a si mismo: hoy le digo que la quiero. Pero no. Se levantaba antes que ella y se iba sin hablar. Y volvía a su casa mansa, a su mujer, a su vida. Y sabía que iba a llegar a su hogar y besaría a su esposa y ella comenzaría a hablarle, a contarle sus cosas, que cenarían, que mirarían la televisión, que se irían a dormir y tal vez, con suerte, harían el amor.
Sin embargo, la chica de la ventana habitaba en su cabeza.
“Mañana le digo que la quiero, que no puedo dejar de pensar en ella. Que me diga su nombre y me cuente sobre lo que está leyendo.”

Y por supuesto, ya sabrán como termina esta historia. Fue contada demasiadas veces.

domingo, 20 de julio de 2008

Feliz Domingo!!!!!



A todos mis visitantes y comentaristas amigos, a los que conozco de nombre y a los que no, a los que son fieles desde el principio y a los que me descubrieron hace poco, a los que van y vuelven...


A todos les deseo un Muy Feliz Día del amiguito Blogger.


Gracias por compartir sus gustos y opiniones conmigo!!! Me hacen sentir muy bien y me encanta tenerlos en mi Home Sweet Home.

Besos y abrazos según corresponda!!!!

La Wonder

lunes, 14 de julio de 2008

Un poco de sexo



Tenías la certeza de que te deseaba tanto que ni siquiera te molestaste demasiado en preparar el terreno necesario para la seducción.
Por supuesto que yo sabía que me habías deseado desde antes. Luego me contagié y me dejé llevar de la mano hasta donde quisieras llevarme.
Por ejemplo, hasta ese cuarto de hotel donde me sujetaste fuerte contra la pared, de espalda a vos.

- No te muevas, sentime.
Y me apoyaste todo tu sexo erguido y seguro.
Y me besaste el cuello, mis hombros pecosos, me agarraste las tetas con tus dos manos. Las apretaste.
Me levantaste la pollera y me bajaste las medias de nylon hasta los tobillos. No dejaste que me las saque para limitar el movimiento de mis piernas y así poder penetrarme apretado, fuerte, mojado, poderoso, resbaloso por mi sexo dispuesto y húmedo. Me corriste la pequeña tanga hacia un costado.

- Soy tu cachorra, tu nena, tu capricho. Soy tu puta- te recordaba.
- Mi putita, mi nena – apenas podía escucharte decir entre dientes.

Y entre palabras, embestidas, jadeos, grititos ahogados, promesas vacías y mentiras piadosas, acabamos.

viernes, 11 de julio de 2008

Ventanas II

Hoy, porque sí, es Viernes de Refrito.
Tuve una semana complicada, así que para todos los que se quieran relajar conmigo les dejo un relato que les gustará a los amantes del buen mirar.
Cualquier analogía con una pantalla de PC, es pura coincidencia.
Besotes para todos y muy buen fin de semana.


Era la hora señalada. El ritual estaba planteado. Todos los días viernes (por algún motivo inexplicable que ellos no querían cuestionar, sólo era el día viernes) ella abría las cortinas de su ventana y prendía la tenue y cálida luz de su lámpara de pie.
Lentamente, comenzaba a sacarse la ropa. La doblaba, meticulosa, y la colocaba sobre el sillón mullido. Por último se descalzaba y se soltaba el cabello que caía cansado sobre los hombros.
Únicamente se dejaba puesta su pequeña bombacha. La incomodaba la desnudez total, pensaba ella. Se servía una copa de vino tinto, lo olía y lo zarandeaba en círculos. Después de tomar un sorbo, prendía el equipo de música y volvía meneando su increíble trasero. Luego se apoyaba en el borde del respaldo de una silla pesada tapizada de tela, sobre sus antebrazos, dejando que los pechos se balanceen apenas sobre esa silla que la conocía de memoria.
Y era en ese momento que levantaba la cabeza y le clavaba la mirada y se quedaba mirándolo. Tan sólo 20 metros los separaban. Una distancia que ambos sabían que no podían cruzar.
Él se quedaba inmóvil mientras se le revolvía el cuerpo de deseo y sólo le quedaba imaginar esa música, imaginar a esa mujer en su cama, imaginar el olor de su cuerpo, imaginar la saliva en su boca.
Muchas veces, él se masturbaba mientras la miraba. Y ella lo sabía. Se sentía muy perversa y le encantaba.

Una vez, se cruzaron en la vereda. Y apenas se miraron. Enseguida bajaron la vista y siguieron cada cuál su camino.
Ambos sabían que su relación, fuera de esas ventanas, no existiría jamás.

lunes, 7 de julio de 2008

Tiny Love Story


Qué maravillosos que son esos hombres que tienen el poder natural de hacer sentir a la mujer una reina.
Esos hombres de manos abiertas, miradas comprensivas y pechos resistentes como escudos.
Esos hombres caballeros, que tienen ese costado femenino y a la vez se los puede escuchar decir: No te preocupes, yo me encargo.
Esos hombres bien machos, que dejan su hombría desparramada por los rincones de los corazones desprevenidos.
Esos hombres que una mujer quiere cuidar, amar, alimentar con los propios pechos, abrazar y quedarse así hasta que oscurezca.

Ella sabía que él era así. Apenas lo conoció lo supo. No hicieron falta actuaciones, ni recaudos, ni palabras, ni presentaciones extensas.
Parecía que se conocían de toda la vida, que ya habían pasado muchos atardeceres juntos.
El era un Rey. Ella, su Hechicera.

“Mi pudor es el contrapeso necesario de mi vanidad”, le dijo el Rey.
Y la sedujo.

“Vos tenés mucho más miedo que yo me enamore de vos del que yo tengo que vos te enamores de mi”, le volvió a decir.
Y la cautivó.

“No me imaginé nunca que ganaría la ternura. Ocupame”, le pidió.
Y la enamoró.

martes, 1 de julio de 2008

Rutinas

Qué linda que estabas la otra tarde en ese recoveco,

tan apretadita contra mí, tan apurada, tan cerquita.

No te molestó que nos miraran

pero igual ocultaste tu rostro.

Después me besaste y te perdiste entre la gente

y yo dormí feliz.



La alarma del reloj sonaba religiosamente a las 6.30. Ducha rápida para un despertar seguro. Al Sr. Daniel nunca le gustó bañarse con agua caliente porque pensaba que eran placeres que no acarreaban ninguna ventaja operativa.
Cuarenta cepilladas por lado con dentífrico de mentol.
A las 8.00 pagaba el peaje y a las 8.17 estacionaba el auto en la cochera 34E. A más tardar, a las 8.30 estaba leyendo el diario sentado en la oficina y tomando su desayuno.
Un pocillo blanco con tres cuartas partes de café bien negro y un chorrito apenas de leche tibia con tres cucharadas de azúcar. Nadie preparaba el cortado como Lili.
El Sr. Daniel siempre pensó que todo era correcto en su vida. La estructura estaba tan bien planeada, que nada podía interponerse entre la felicidad y lo evitable. No creía en el destino. Él pensaba que todo era una consecuencia de una acción. Que todo era reactivo y planificable.
Hasta los sentimientos.
Los lunes, las carpetas debían estar ordenadas alfabéticamente sobre su escritorio según el planning semanal cuidadosamente pensado. Lili nunca se equivocaba. Siempre aparecían ordenadas como le gustaba al Sr. Daniel.
Él era un tipo bueno y trabajador, a la vieja usanza. No sabía de computadoras, porque Lili las usaba por él. No conocía los teléfonos de sus contactos, porque Lili siempre lo comunicaba cuando los necesitaba. Tampoco se preocupaba por su almuerzo de las 12.30 porque, bueno, ya saben, estaba Lili.
Un día el Sr. Daniel llegó a la oficina y el café cortado no estaba en su escritorio. En su lugar, encontró una carta manuscrita con la letra prolija de Lili.

Estimado Sr Daniel:
Me voy. Conocí a un hombre que vive en el interior. Me dice que soy linda, buena y que le gusto. También me dice que lo excito cuando lo beso y que me quiere hacer el amor todos los días.
Llevo años esperando que Usted me lo diga. Llevo noches enteras pensándolo a Usted y debo reconocer que cada vez que mi amante me toca, sueño que son sus manos. Sus manos grandes, cuidadas y huesudas. Sus hermosas manos que nunca me tocaron, ni me acariciaron, ni me arrancaron de mi silla para que Usted me besara apasionadamente.
Lo amo Sr. Daniel, pero parto en busca de un amor más terrenal.
Tal vez, en otra vida se decida y me cuente al oído que soy su chica, que me quiere acurrucar y tenerme envuelta en sus sábanas tibias hasta que me duerma.
Mientras tanto, adiós.
Atentamente, Lili.

El Sr. Daniel se quedó unos minutos en silencio, mirando el reloj de la pared.
De pronto se percató que se le había pasado la vida.