viernes, 30 de mayo de 2008

Para volver a leer: Ventanas

Hoy es viernes, hace frío, ando medio vaga y ya me cansé del posteo anterior.
Mientras esperamos que llegue el lunes y suba un poco la temperatura, les dejo para leer un relato que me gustó mucho y que data de los orígenes de este blog, allá por diciembre del 2007.
Tal vez algunos lo recuerden o ya hayan dejado comentarios. Me refiero a los primeros amigotes que este blog ha cosechado como Damián, Migoz, Leo, Howard, Sophie, Graciela, Mangosta o el Doc.
Para el que lo lee por primera vez, bienvenido.
Recuerden retirar el chocolate, la copita de cointreau o el cafecito con Tía María a la salida.
Buen fin de semana.
Ya saben dónde encontrarme. Aquí, por supuesto.

Aunque sea un ratito.



Me pasa algo extraño con las ventanas de los edificios. Ayer venía de noche mirando por la ventanilla del auto y, como siempre, me pongo a observar las ventanas de los departamentos que tienen las luces prendidas. Puedo llegar a ver una sombra, a veces sólo veo parte de la decoración, una lámpara, ropa colgada, tal vez una persona lavando los platos.
Eso me sirve como disparador para que empiece a imaginar la vida de ese ser que ahí habita. No lo puedo evitar. Trato de pensar en otra cosa, pero de manera inevitable, mi mente me lleva una y otra vez a mirar esas ventanas con las luces prendidas que quieren ser miradas.

-“Seguro que esa lámpara la compró en una feria americana y antes era de una viejita que murió de amor luego que su marido enfermó…”
-“Debe estar solo, lavando los platos de una comida de rotisería mientras piensa en las piernas increíbles de Laura, su compañera de trabajo que le taladra la cabeza, y se excita y no lo puede evitar, y esas piernas…”
- “Salió apurada y se dejó al perrito en el balcón, olvidando que el señor del clima pronosticó lluvia. Y todo porque su amante la llamó para verse después de tanto tiempo. Igual, la va a dejar plantada de nuevo. Qué pedazo de hijo de puta que resultó Ernesto. Sin embargo sabe que va a volver a sucumbir ante la maldita llamada…”
- “Se ve la sombra de la tele prendida. Está mirando Showmatch con su mujer en el living, mientras en la habitación su hijo se masturba frente de la PC mirando las fotos que esa mina publica siempre en el blog de cuarta, que ni lee, pero que mira casi todos los días…”
- “Se calzó la ropa de laburo, la pollera más corta, la cola less más diminuta y se está pintando los labios muy rojos porque necesita hacer una buena noche; depende de ello para poder terminar de pagar la última cuota del lavarropas nuevo. Y bue, todo sea por no tener que lavar más a mano y menos mal que en esa casa de electrodomésticos le pudieron dar el crédito sin tener recibo de sueldo, porque sino, ¡cómo hacía…!”

Por mi salud mental (y porque las casualidades de la vida así lo tramaron) no vivo en un departamento. Vivo en una casa y los vecinos de enfrente no me despiertan mayor interés porque ya los conozco demasiado.
Así que ojo con las ventanas abiertas. Tal vez paso por ahí y te imagino una historia.
He aquí la pregunta, ¿A usted le pasa lo mismo que a mi?

lunes, 26 de mayo de 2008

Un día atípico

(Nota: a pedido de Mensajero, este relato fue reescrito en primera persona. Anteriormente, estaba en tercera del singular)

Estaba muy enojada y tenía ganas de sentirme sexy. Eso me iba a poner feliz. Casi siempre me resultaba.
¿Cómo es que Gonzalo me pudo decir que ese beso lo movilizó demasiado y que por eso no quiere seguir avanzando conmigo? ¿Cómo tiene cara para poner de excusa a su mujer embarazada? ¿Cómo puede seguir afirmando que lo vuelvo loco pero que no va a poder ser porque la culpa lo mataría?
Imbécil…
Sí… lo mejor para estos casos era hacer algo que me haga sentir sexy.
Por eso es que decidí que ese día no usaría bombacha. Ni una pequeña tanga.
Me calcé una pollera apenas dos dedos arriba de la rodilla, una remera escote en v, un saquito y unos tacos como los que usaba todos los días. De hecho, cualquiera que me viera, no se daría cuenta que una mujer tan sencilla como yo estaba sin ropa interior.
Fui a la oficina como todos los días. Me subí al subte en Primera Junta y me senté. Me crucé de piernas como todos los días y saqué un libro para leer, como todos los días.
Por algún motivo que no llegué a dilucidar, me excitaba mucho pensar que el hombre que estaba sentado junto a mi y miraba desinteresadamente el vacío ni siquiera podía sospechar que la mujer que tenía a su lado no llevaba bombacha.
Me sentía cómoda y feliz en mi pequeño acto de rebeldía. Me gustaba sentir la tela de la pollera sobre mis nalgas desnudas.
Como todos los días bajé del subte y me dirigí hacia el edificio donde trabajaba. Pero esta vez no lo hice a las corridas sino que disfruté cada paso. Mientras caminaba no podía dejar de pensar que estaba desnuda debajo de esa falda y que la gente que me rodeaba no lo sabía. Caminaba con las piernas más apretadas que de costumbre y disfrutaba sintiendo mi sexo más vivo que nunca. “Me siento una putita, jaja”, pensaba.
Gozaba con cada paso y no podía evitar que mis ojos sonrieran.
Cuando llegué a la oficina saludé a todos y me senté en el escritorio frente a él, como todos los días. Prendí la PC y le mandé un mail que decía:

Estoy desnuda para vos y sólo hoy podrás ver lo que nunca vas a tener.
Un beso en el cuello,
C.


Y descrucé las piernas sólo para él.
Claro que, a diferencia de todos los días, me sentí más que satisfecha en esa oficina gris.

lunes, 19 de mayo de 2008

Obsesiones I


La estrategia era muy sencilla. Primero, esperaba que ella entrara y se ubicara. Luego él la seguía y trataba de sentarse una fila detrás, hacia la izquierda, preferiblemente.
Empezaba la clase. Aproximadamente diez minutos después de que el profesor de turno comenzaba a hablar, ella se acomodaba en la silla, se tiraba un poquito hacia atrás, con el dedo índice de su mano izquierda tomaba un mechón de su largo cabello y lo empezaba a enroscar.
Cómo amaba ese gesto de ella. Sentía que moría de amor por esa mujer hermosa que como un ritual se empeñaba en enrular ese cabello que, mareado, volvía a caer lacio sobre el hombro. La sensación extrema se completaba si el clima lo bendecía con un poco de calor y ella se ponía una musculosa que deje al descubierto sus hombros llenos de pecas. Y una vez más, el cabello castaño trataba de escapar por un instante de esos dedos y caía por diez segundos.
Podría quedarse horas mirando a esa joven que enroscaba serena pero tozudamente un mechón de cabello. Qué sencilla podía ser la felicidad.
A veces, el dedo se detenía y ella colocaba la mano cansada sobre el cuello, pero sin soltar al cabello prisionero. Era un cuello largo y hermoso. Él se moría de ganas de levantarse y besarlo. Tan quieto, tan exhibido. Podía estar seguro que ese cuello estaba deseoso de su boca, de su saliva, de sus labios.
Era imposible concentrarse en la clase con ese cuello tan cerca. Con esas manos tan cerca. Con esa mujer tan cerca. Y el mechón bendito que no se quedaba quieto y esa erección que no podría ocultar si llegase a levantarse para seguirla y decirle que la desea desde el primer momento que la vio enroscarse ese mechón en ese dedo índice de esa mano izquierda que se apoya en ese cuello eterno que lamería hasta acabar.

lunes, 12 de mayo de 2008

Una menos


Hoy estaba decidida a saldar esa asignatura pendiente que hacía rato le revoloteaba en la cabeza.

El bar era lo suficientemente oscuro y ruidoso.
- Tengo un hermoso cuarto en un hotel cercano. Ven conmigo, Preciosa, le dijo al oído, en un castellano muy latinoamericano.
Al entrar a la habitación, apenas tuvo tiempo de dejar su cartera. El la tomó por la cintura, la empujó contra la pared y la empezó a besar.
“Qué bueno no preocuparse por el qué dirán”, pensaba ella, mientras se entregaba por entera a ese hombre rústico y apasionado.
Sin pedirle permiso, comenzó a desnudarla con una lenta rapidez que le pareció muy sexy y mientras le besaba el cuello, sus manos se deslizaron por debajo de la pollera, la tomaron por los glúteos y la levantaron hasta la mesa más cercana. Mientras, el extranjero la apoyaba sin ninguna inhibición.
La música sonaba tranquila y servía como telón de fondo a la escena que se sucedía en la sala. Dos copas con champagne descansaban en la bandeja y la botella abierta transpiraba y dejaba una marca mojada y fugaz.
No hubo palabras de amor, ni preguntas, ni sentimientos, ni dudas. Sólo sensaciones, deseos, jadeos, respiraciones agitadas y sendos orgasmos.
Cuando el round de amor había finalizado, él vació de un trago el contenido de una de las copas y la otra se la acercó a ella invitándola a que beba, tranquila.

“Hecho”, se dijo, complacida, mientras tomaba el ascensor hasta el lobby del hotel.
Tener sexo con un extraño era una fantasía pendiente que por fin había podido concretar.

lunes, 5 de mayo de 2008

¿Qué almorzamos?


Casi se atraganta con el pedazo de pollo que acababa de meterse en la boca. Qué sorpresa. Qué inesperada y franca sorpresa.
Al principio se quedó tieso, pensando por dos segundos qué había sido eso. Luego, dejó el tenedor sobre el plato y levantó la cabeza mirando a sus tres compañeros de mesa.
Los observó uno por uno y ninguno de ellos parecía inmutarse por la mirada de él. Ni su mujer Julia, ni su socia, ni Rodolfo.
Su amigo, que se encontraba a su lado, contaba ligeramente y entre risas sus aventuras del último viaje a Brasil en compañía de su nueva novia. Mientras, las dos mujeres lo miraban y compartían las anécdotas con carcajadas cortas.
Volvió a clavarle la vista a Julia al mismo tiempo que, por segunda vez, un pie lo acariciaba suave pero intensamente en la entrepierna.
Estaba seguro que su esposa no era la que estaba haciendo eso. Julia solía ceder ante sus caprichos de cama, pero jamás tendría ni la iniciativa ni la astucia de hacer algo así debajo del mantel de un restaurante. Por lo menos, no con él.
“Es Marcela… esa perra… Y ni siquiera me mira. No me hace un guiño de confianza. Me está volviendo loco”, pensaba, excitado y confundido.
La socia se había sacado el zapato de taco y había estirado su larga pierna hasta apoyar completamente la planta del pie en el sexo dormido de su colega.
Él le miraba las manos que sostenían una copa con restos de vino tinto. Con el dedo índice, bordeaba la copa despacio, sin llegar a hacer sonido alguno. Y se reía cuando escuchaba y miraba a Rodolfo. Y mientras, le apoyaba descaradamente el pie en la entrepierna a su socio, masajeando, comprimiendo, acariciando, subiendo y bajando, jugando con los dedos sobre el pantalón de vestir que no suele disimular un pliegue.
“Y si Julia se aviva?? Qué hago? Esta perra…”
La situación lo excitaba de sobremanera. Mientras, el zopenco de su amigo no dejaba de hablar.
Julia se excusó, se levantó y se dirigió al baño. Y en ese momento, por primera vez, Marcela levantó la cabeza y le clavó la mirada por diez segundos, que para él fueron una eternidad.
“Cínica, maldita, después que me diste vuelta la cara mil veces… tendría que levantarme e irme, pero no puedo, no en este estado... qué perra”
Y los pensamientos se tropezaban y caían, mareados, en un barranco sin fondo.

Como si nada, Marcela se incorporó. Dejó la copa y sonriendo se despidió. Dijo estar apurada y que tenía una reunión.
- Esperá, no te vas a ir caminando. Yo te alcanzo…, se adelantó Rodolfo
- No te molestes. Necesito calentarme los pies, que los tengo helados.