martes, 29 de abril de 2008

Apariencias


No era especialmente atractivo, ni especialmente inteligente, ni especialmente simpático, ni especialmente interesante. Pero daba los mejores masajes que se podían hacer de manera no profesional.
El momento en que sus manos gigantescas se apoyaban en los tensos omóplatos de ella era encantador.
Casi nunca los pedía, pero sabía que él iba a masajearla de todos modos, antes de tener relaciones. Era como el preámbulo al sexo. Ella se desnudaba, se corría el largo cabello hacia un lado y se acostaba boca abajo, con los brazos relajados alrededor de su cabeza. Y se quedaba esperando por esas manos, quietita, desprotegida, expectante.
Él se acercaba sigiloso por detrás, le sujetaba suavemente las muñecas apretándolas contra el colchón y le besaba la nuca, le respiraba cerca del cuello y le divertía ver como cada uno de los casi invisibles vellos de su cuerpo se erizaban. Era en ese instante cuando ella soltaba una pequeña risa traviesa y arqueaba la espalda.
Luego, esas manos poderosas recorrían cada parte del cuerpo sumiso que se dejaba tocar. La espalda, los glúteos, las piernas, los pies. De esta manera comenzaba la íntima sesión de masajes. Y terminaba cuando ambos estaban demasiado excitados como para pensar en otra cosa que no sea devorarse.


- ¿Me querés decir qué le viste a Fernando? Es feúcho, antipático, aburrido, cero onda, ni siquiera tiene buen lomo!!!, la instigaban sus amigas.
- Pero cocina rico... Mentía ella, sonriendo, mientras recordaba esas manos y se le ponía la piel de gallina.

lunes, 28 de abril de 2008

Disculpas...


Sabrán disculpar mi ausencia...

Como dijo Mensajero por allí, siempre existen los lunes negros, o las semanas negras...

Por más que uno ponga el cuerpo, a veces no da... y duelen tanto los hombros...

Prometo publicar. Les va un martes o miércoles de erotismo?

Besos.

lunes, 21 de abril de 2008

Perspectivas (parte 3)


Norberto estaba sentado en la esquina de la habitación. Quieto, callado, fumando tranquilamente un cigarrillo negro.
Había disfrutado muchísimo al ver las maniobras de su empleado para convencer a Soledad de tener sexo delante de un extraño. Y lo excitaba de sobremanera ver a esa pendeja que se movía tan bien con la guita entre las tetas. Cómo lo calentaba ese bamboleo de ritmo cambiante. Pero no se iba a masturbar delante de su empleado. No, no, no. Debía demostrar hasta el último momento quién manejaba la situación.
Y qué linda piba… le recordaba tanto a Silvana en los años en que empezaron a jugar a ser novios en los pasillos de la facultad. Tanta energía, tanta pasión, tanta juventud. ¿En qué momento se convirtió en una mina aburrida? ¿Cuándo dejó de ser esa chiquita rebelde con ojos brillantes? ¿Cuándo se durmió dentro de ella esa mujer apasionada por las ideologías, esa leona incansable que se comía a sus rivales, esa joven que con un guiño podía derribar y poner de rodillas a la convicción más férrea…? Cuánto la había amado. Hubiera hecho cualquier cosa por ella, por su chica, por su amor. Y ahora…
“¿Tenía necesidad de encamarse con este pendejo, en mi propias narices?” Y la idea que lo golpeaba una y otra vez.

“Dale hermosa, sé buenita, movete como siempre y olvidate del viejo”, podía adivinar que le susurraba Diego al oído de su novia mientras la penetraba.

A Soledad la había visto por primera vez en el ascensor una tarde que ella fue a buscar a su chico a la oficina nueva. Subieron juntos en planta baja. El le clavó la miraba en la nuca y la recorrió hasta los talones. Qué hermosa. Y ella ni siquiera se había percatado de su presencia. Ni una mirada de reojo. Nada. Allí se dio cuenta que se estaba convirtiendo en un viejo para las jovencitas. “Qué triste”, pensó.
Luego, vió como se bajaba y se acercaba a la recepción, haciéndose anunciar. Una chica tan bella con ese pelele insignificante. Y sin embargo…
“Maldita Silvana. Puta. Sos una puta”.

“Dale bebé, movete así. Me encanta. Sos muy linda”, seguía arengando Diego.

No tuvo que sacar a relucir sus dotes de abogado calificado y elocuente cuando lo llamó a negociar. Fue más simple de lo que pensó. “Quiero ver cómo te cogés a tu novia y no me importa qué hagas para convencerla. En dos meses el nuevo puesto es tuyo. Y no se te ocurra volver a tocar a mi mujer”, resumiendo, fue lo que pasó en esa charla.

Qué linda que era Soledad. Y presumía de toda esa belleza delante de sus ojos que la comían despacio, como el día del ascensor. Tan decidida, tan simpática, tan extrovertida, tan joven.
Ya va a pergeñar qué hacer con ella. Pero eso será otro día. Hoy estaba muy excitado y cansado y asqueado y celoso y complacido y furioso y triunfante y patético.
“Ahora voy a casa y me masturbo tranquilo”, pensaba, mientras miraba a Diego subirse los pantalones.

lunes, 14 de abril de 2008

Perspectivas (parte 2)


En el aviso pedían joven abogado con experiencia en derecho jurídico. Él cumplía con ambas características y en la entrevista le fue muy bien. De esta manera comenzó a trabajar en el bufete.
Luego de tres años estaba feliz, le pagaban bien, y no tenía demasiadas complicaciones. Su buen ojo para elegir los casos, su labia para las negociaciones, su atinado criterio y la simpatía que lo caracterizaba le sirvieron para afianzarse en su puesto y en la empresa. Se había comprado un auto nuevo y empezado a pagar un lindo y confortable departamento.

Hacía rato que venía mirando a la mujer del director. Era una cuarentona que aun conservaba la belleza de su juventud con ayuda de la mano de un buen cirujano y los nuevos aparatos que insisten en elevar el ego femenino, entre otras partes más visibles que también levantan.
Silvana solía colaborar en algunos casos. Monitoreaba a los abogados y vigilaba el negocio. Eso la ayudaba a salir de su rutina diaria y demasiado aburguesada para la joven contestataria que había sido alguna vez.
A él le gustaba estar en las reuniones con ella. Lo excitaba mirarle las bellas piernas y las tetas operadas que se asomaban orgullosas por el eterno escote. Y le encantaba escuchar su voz. Era una voz ronca y seductora, segura y experta. Sin titubeos. Una voz que sabía lo que quería. Y se imaginaba a Silvana en la cama, con él. Fantaseaba pensando que esa mujer le podría dar mucho más placer que su novia, hermosa, pero joven y bastante inexperta todavía.
Muchas veces, en la ducha, se masturbaba pensando en ella. En la mujer del jefe. Una mina veinte años mayor que él.
“Qué zarpado. Mejor me dejo de joder”, se decía. Pero no se dejaba.

Un día, Silvana pasó caminando por detrás de su escritorio. Él escuchó que los tacones detenían apenas la marcha y sintió el dedo de su jefa, punzante, cuando le recorrió la espalda de hombro a hombro. La uña contra la camisa planchada hizo un sonido rasposo y suave y su espalda se erizó, gélida.
Su instinto de abogado lo hizo levantarse y seguirla hasta la oficina.
- Sí Señora, ¿qué necesitaba?- preguntó.
Ella se acercó sonriendo. Puso su mano en la entrepierna de él y muy tranquila le dijo:
- Vení Diego. Tenemos que hablar.

Y así fue como se convirtió formalmente en el amante de la mujer de su jefe.

lunes, 7 de abril de 2008

Perspectivas (parte1)


Era un día especialmente pegajoso en Buenos Aires y el cabello suelto empezaba a molestarle. Venía pensando que se había puesto una cartera clara que estaba demodé… “Tendría que haberme comprado la semana pasada en el shopping esa blanca de cuero, tan linda y grande como se usa ahora, de Prune. La semana que viene, por ahí…”.
Absorta en sus pensamientos, ni se dio cuenta que ya estaba en la puerta del edificio de Diego, su amigo/amante/compañero/pareja despareja de los últimos ¿seis meses?. Sí, algo así, más o menos.
Tocó timbre y él bajó a abrirle. Le había dicho que hoy le tenía que pedir un favor. Ella estaba ansiosa. “Si no te va me lo decís y listo”, le anticipó.
Le divertía pensar qué podía ser. Él estaba nervioso, pero divertido y charlatán como siempre. Se besaron un poco en el ascensor mientras ella, curiosa, le preguntaba qué quería esta vez.
Cuando llegaron al departamento, vió con sorpresa que había un tipo de unos 50 años sentado en la esquina de la habitación. Quieto, callado, fumando tranquilamente un cigarrillo negro.

- Estás loco Diego. Qué querés? Un trío no, y menos con este tipo.
- No, no… él sólo quiere mirar. No nos va a joder.

No sabe cuanto tiempo discutieron por lo bajo, pero cada vez ella ponía menos resistencia. Y la idea empezaba a seducirla. Mientras hablaba, él la tomaba de las manos y ella miraba de vez en cuando a ese hombre que fumaba tranquilo mirando el piso, como si ellos no existieran.
De golpe y como para terminar la discusión, Diego saca de su billetera tres billetes de 100 pesos. Los dobla en dos. Los vuelve a doblar. Los vuelve a doblar otra vez. La toma a ella de la mano, la trae suave hacía él y le dice al oído.
- Dale… no seas mala, si no te cuesta nada.
Y le engancha del corpiño negro, sobre el pecho, ese dinero que estaba tan planchado, tan nuevito, tan limpito...
Ella sintió una súbita excitación con ese gesto de él. Le dio una puntada en el estómago, mezcla de deseo y hastío. Nunca imaginó que algo así la podía erotizar tanto... ¿O era la idea de ser mirada por un extraño mientras tenía sexo con su pareja lo que la excitaba? Estaba demasiado confundida para llegar a una conclusión. Lo pensó unos instantes y así, siempre con los billetes entre las tetas, jugó a ser una puta.

- Esta cartera es preciosa. Cuero del mejor. Los turistas me la sacan de las manos. Cómo la vas a abonar??
- En efectivo- respondió ella, riéndose por lo bajo.