domingo, 30 de marzo de 2008

Esos ratones...

Soy una persona muy visual. Con esto quiero decir que me estimula mucho todo lo que tenga que ver con el sentido de la vista. Fotos, pinturas y películas me fascinan por igual. Y al leer un libro no puedo evitar imaginar los personajes, los ambientes, las caras, los gestos. Hasta los olores imagino.
Me desagrada una escena demasiado violenta, me angustia una foto mostrando niños enfermos, me divierto con una nota bien editada de TVR y me caliento con ciertas escenas de sexo de algunos films.
Hay muchísimas películas que cumplen ese último objetivo. Pero hoy quiero rescatar a dos films que me rompieron la cabeza, que encendieron mis motores, que marcaron a fuego mis fantasías y que me hicieron volar más de una vez sin siquiera elevarme de donde estaba.
Ambos films pertenecen casualmente (o no) a una misma directora, Jane Campion. Ellos son El piano (The Piano) y En carne viva (In the Cut)
La idea no es hacer la crítica de las pelis sino rescatar las sensaciones generadas en mí. Que quede claro, por favor. Para críticas, ya saben qué sitios visitar.
Vayamos a la primera: en "El piano", la escena donde Harvey Keitel le toca a Holly Hunter la pierna por un ínfimo agujero de las medias de lana mientras ella toca el piano es realmente... íntima. Eso sirve para excitarlos y es el preámbulo de lo que vendrá después, cuando él se deja golpear para luego arrinconarla contra la puerta y hacerle el amor de manera salvaje y gentil a la vez. El tiempo inquietantemente eterno que se toma para sacarle esa terrible cantidad de ropa (miriñaque incluido) para luego devorarla lento, la manera en que la mira y la forma en que la toca fueron disparadores de las mil y una fantasías en mi joven cabecita. Ahhhh.....


Segundo lugar (no por orden de intensidad sino por cronología) es "En carne viva". Debo reconocer que el señor Mark Ruffalo genera en mi persona los más encendidos sentimientos. Aclarado esto, paso a recordarles la escena en que el detective Malloy invita al bar a una solitaria Meg Ryan y se entabla una tensión sexual desconcertante cuando él le roza apenas la pierna y ella la corre apenas, ofendida con él y enojada con ella misma por el placer que le había causado.
Luego, cuando recreando un robo sufrido por Ryan, él la toma por detrás y le rodea el cuello con el antebrazo, le respira al oído y la apoya con todo descaro para entonces bajar su mano y rozarle el pezón erecto y ansioso de sexo. Una escena increíble, de alto contenido erótico.
Si la vieron deben recordar el round que sigue una vez que están desnudos en la cama. Menos sutil que la anterior, pero merecedora de aplausos y suspiros.


Por supuesto que tengo una gran lista de films con escenas sexys, atrevidas, eróticas, inocentes, llenas de simbolismos y sexualidad implícita y explícita que me movilizaron muchísimo. Como la de la manteca en "El último tango en París" o la lamida de Gatúbela a Batman en "Batman returns". Pero las de Campion lideran a mi ejército de ratoncitos.
Deténganse un momento a pensar en las películas donde una escena les haya volado la cabeza a nivel sexual y que no pertenezcan al cine porno, por supuesto.
Primero, me voy a dar una duchita y después, los escucho.

lunes, 24 de marzo de 2008

Como adolescentes


A veces la tensión sexual latente entre dos personas es tan poderosa que se puede sentir la electricidad en el aire.
Me refiero al momento exacto antes de que pase algo concreto, como un beso apasionado, un abrazo amoroso o el esperado sexo consensuado.
Hablo de ese momento en que una persona te gusta mucho. Te gusta tanto, que no sólo la mirás fijamente a los ojos devorándola con la mirada y pensando sobre “todas las cosas que le haría si…”, sino que coqueteás como un adolescente en celo y hablás de una manera sexy y seductora. Los hombres ponen su mejor voz de galán y meten la panza para adentro y las mujeres se retocan el cabello y verifican rápidamente en el reflejo que les devuelve la ventana, que el maquillaje esté en su lugar.
Me refiero a ese momento en que los llamados telefónicos son excusas para escuchar una voz; los mails se convierten en invitaciones inconscientes (y no tanto) a una tarde de amor y donde se puede leer entre líneas el deseo latente del revolcón al paso, donde detrás de cada “besos, besitos y besotes” asoman, solapadas, intenciones demasiado obvias para un tercero desprevenido.
Hablo de ese cosquilleo en la entrepierna, esa puntada en el estómago que nos produce una persona con la cual todavía no pasó nada en la realidad, pero queremos que pase todo. Y que en los sueños y en las noches de soledad imaginamos en nuestra cama, en nuestra ducha, en nuestra mesa cumpliendo las más variadas fantasías… Románticas, eróticas, sucias, perversas, ideales, soñadas.
Somos (o pretendemos ser) personas con experiencias sexuales muy placenteras, con parejas estables o no, pero es increíble cuando al pasarnos un vaso de agua con ese ser tan deseado, el roce de las manos despierta nuestros instintos más salvajes.
O al tocarse nuestros brazos en un ascensor lleno.
O al saludar con un beso rápido para no generar sospechas, pero apenas más lento que el que se le da al resto de los compañeros…
“Y pensar que para que mi mujer me caliente así… uyyy… cuánto hace que con un simple roce no me genera nada”.
“Sabés las veces que me paseo desnuda delante de mi marido y él ni se inmuta, ni me mira…”


Qué lindo es ese cosquilleo adolescente. Qué simple y maravilloso era cuando nos encendíamos con la chispa más insignificante, con la mirada más inocente y cuando teníamos el tacto a flor de piel.
Hace mucho que no se sienten así??

lunes, 17 de marzo de 2008

La mesa está servida


Qué bueno y relajante es el amor vespertino.
Una tarde de verano, en algún sitio con mar. Cuando el sol calienta demasiado para estar en la playa, cuando es la hora de descansar después de una mañana de arena y mar y bronceador y risas y mates.
¿Notaron que el olor del ambiente es especial en esas tardes? ¿Que el cielo es de un celeste más definido y los árboles tienen verdes más intensos y brillantes? ¿Que los pájaros y los sonidos se escuchan más lejos, como para acrecentar nuestra soledad?
Después de almorzar algo liviano, empiezan los jugueteos, las miradas, las risas cómplices y los indicios de la batalla que se avecina ya son demasiado obvios.
Me decís que te excita mucho saborear mi cuerpo con gusto a agua de mar. Por algún motivo que aun no logro descifrar, me encanta que me digas eso. A veces tengo ciertas preferencias por dichos o palabras que no logro entender. Bueno, este es uno de los casos. Me calienta que me digas que te gusta mi cuerpo salado.
Me desatás las tiritas de la bikini, haciendo que salten rápido esos pedazos de lycra negra y caigan en el piso, agotados por el baño de mar. Así, quedo rápidamente desnuda para vos. Desnuda y salada. Con mis dedos salados, mis labios salados, mis pezones duros y salados. Y con tu boca empezás a buscar lo único dulce que podrás encontrar en mi cuerpo salado.
Lista la presa, dispuesto el caníbal.


Buen provecho.

viernes, 7 de marzo de 2008

Sueño de unas noches (de verano)



Anoche soñé con vos.
En la oscuridad de mi cuarto, te acercabas a mí, sigiloso, y me acariciabas una mejilla con un dedo. Luego, me tomabas un pié, le dabas unos besos suaves a mi dedo gordo y te recostabas a mi lado. Te quedabas mirándome… será porque siempre me dijiste que te gusta mirarme mientras duermo, que ahí estoy con la guardia baja, desprotegida, vulnerable…
De pronto estábamos en la playa mirando el mar. Un mar verde, sereno, inmenso. Un mar que se deja mirar, que quiere ser admirado. Un mar conciente de su belleza. Un mar coherente con lo que genera.
Y estábamos ahí, sentados el uno al lado del otro, mirando el mar en una playa desierta. Podíamos oler el aroma tan característico de ese aire y sentir la brisa suave que provocaba que un mechón de mi cabello, persistente, se apoye una y otra vez en mi boca.
Cómo me transporta el color del cielo que se apoya en el mar a la hora del atardecer. Es único. Tiene la belleza de lo efímero, de lo que dura demasiado poco. Y en medio de todo eso, estábamos nosotros dos. En silencio, mirando el mar.
Agarrabas mi mano izquierda y le dabas besos y mordisquitos a mis dedos, despacio. Gordo, índice, mayor, anular, meñique… te detenías unos segundos pasando tu lengua en el pequeño meñique y después, de nuevo, anular, mayor, índice, gordito… Podía sentir su saliva cálida en cada dedo… podía sentir en mi ser esa tranquilidad tuya que tanto amo, esa paz que me serena y me da seguridad, como el mismísimo mar que no dejaba de mirarnos, celoso.
A veces girabas un poco mi mano y me besabas la palma y dejabas al alcance de mi boca esa nuca que beso despacio, porque en este sueño nos amamos despacio…


Me desperté de pronto, con una sonrisa en mi rostro, a cerrar la ventana de mi habitación porque una brisa suave provocaba que un mechón de mi cabello, persistente, se apoyara una y otra vez en mi boca.