miércoles, 30 de enero de 2008

Ventanas II

Era la hora señalada. El ritual estaba planteado. Todos los días miércoles (por algún motivo inexplicable que ellos no querían cuestionar, sólo era el día miércoles) ella abría las cortinas de su ventana y prendía la tenue y cálida luz de su lámpara de pie. Lentamente, comenzaba a sacarse la ropa. La doblaba, meticulosa y la colocaba sobre el sillón mullido. Por último se descalzaba y se soltaba el cabello que caía cansado sobre los hombros.
Únicamente se dejaba puesta su pequeña bombacha. La incomodaba la desnudez total, pensaba ella. Se servía una copa de vino tinto, lo olía y lo zarandeaba en círculos. Después de tomar un sorbo, prendía el equipo de música y volvía meneando su increíble trasero. Luego se apoyaba en el borde del respaldo de una silla pesada tapizada de tela, sobre sus antebrazos, dejando que los pechos se balanceen apenas sobre esa silla que la conocía de memoria.
Y era en ese momento que levantaba la cabeza y le clavaba la mirada y se quedaba mirándolo. Tan sólo 20 metros los separaban. Una distancia que ambos sabían que no podían cruzar.
Él se quedaba inmóvil mientras se le revolvía el cuerpo de deseo y sólo le quedaba imaginar esa música, imaginar a esa mujer en su cama, imaginar el olor de su cuerpo, imaginar la saliva en su boca.
Muchas veces, él se masturbaba mientras la miraba. Y ella lo sabía. Se sentía muy perversa y le encantaba.

Una vez, se cruzaron en la vereda. Y apenas se miraron. Enseguida bajaron la vista y siguieron cada cuál su camino.
Ambos sabían que su relación, fuera de esas ventanas, no existiría jamás.

domingo, 27 de enero de 2008

Sobre amor, sexo y dependencia


Estaba leyendo en una revista que según un estudio científico hay diferentes áreas de la corteza cerebral que estimulan tres características de lo que llamamos AMOR: romanticismo, sexo y dependencia.
Es decir, se puede estar enamorado de una persona, querer tener sexo con otra y compartir tu vida con una tercera.
Me dejó pensando…¿somos capaces de eso? Yo creo que sí. Los humanos somos capaces de todo este tipo de locuras. De lo que estoy segura es que esta situación no se puede mantener de por vida. Que nos volveríamos locos, obsesivos, esquizofrénicos.
Muchas veces conviven concientemente dos de estas sensaciones durante un período, y durante uno más corto aún, conviven las tres. Luego, volvemos a sentir sólo una. Depende de cada persona cuál de ellas elige para su vida cotidiana.
De coexistir todo el tiempo esas tres, sería agotador para nuestra psiquis. Pero también creo que en nuestro inconsciente, siempre conviven las tres.

¿Ustedes qué opinan? ¿Les pasó alguna vez estar enamorados (con la idealización del otro que eso significa), pero a la vez desear sexualmente a otra persona, a tal punto de ponerlo en nuestra camas y en nuestras mentes todas las noches, y estar conviviendo tranqui con alguien? Si les pasó ¿Creen que se puede sostener en el tiempo?

martes, 22 de enero de 2008

Subí que te llevo


El auto es un ámbito de levante importante. Todas las mujeres que manejamos hemos pasado más de una vez por situaciones de levante que, de haber hecho una muestra de agrado, hubieran seguido su curso feliz hacia alguna cama ajena.
Voy a relatar dos casos que he vivido para que damas y caballeros se sientan identificados.

Caso 1: Peajes.
¿Es acaso imposible que el muchacho de la cabina sólo se dedique a cobrar el pase? Entiendo… es muy aburrido y el roce de tantas manitas… lo debe ir calentando. Además, una pasa siempre a la misma hora y son, básicamente, todos los días las mismas caras.
Tres veces por semana, solía ir a trabajar con un colega. Atascada justo en una ventanilla de peaje de la Autopista 25 de Mayo, me dió no se qué subirle el vidrio en la cara al flaco que cobraba desde las alturas, que con su mejor expresión de “Voy a morir de angustia” estaba allí.

- Pasás siempre por el mismo puesto a la misma hora de lunes a viernes- (ajá, algo bastante obvio que debe cuadrar con el 90% de las personas que transitamos dos veces por día por ese infernal camino).
- Si…- y los autos que no avanzaban ni medio centímetro.
- ¿El pelado que viene siempre con vos es tu novio, marido o algo?
- No- le contesto y lo miro un poco desconcertada.
- ¿Cómo te llamás, dónde trabajás?- (¡¡Socorro!!, ¿me estaba tratando de levantar en medio de ese caos matutino, entre bocinazos y puteadas!!!!). Por fin arranqué.
-
Chau.
- Me llamo Claudio
- llegó
a decirme mientras mi auto se movía.
Luego de este diálogo, siguieron otros hasta que un día… ¡me invitó al cine! IN-CRE-Í-BLE

Caso 2. Semáforos.
Detenerse en el semáforo no sólo sirve para que una parva de gente venga a venderte estuches para celulares, lentes de sol, franelas y los limpiavidrios se te tiren encima. No. También para que los señores te claven la mirada por el espejo retrovisor de la izquierda o el de adentro del auto. Quisiera detenerme un momento en esto. ¿Y mis piernas? ¿Mi cintura? ¿Y si soy un desastre del cuello para abajo?. ¿Cómo se dan cuenta el tipo de mujer que están mirando si sólo le pueden ver la cabeza? ¿Es el baboseo por el baboseo mismo?
En ambos caso, te observan como a punto de violarte, la cabeza ladeada, ponen ojos seductores y arrancan. Si te miran por el retrovisor, tocan el espejito para enfocarte mejor y te avives que te están mirando. Basta chicos.
En el próximo semáforo los tenés al lado o de nuevo adelante, con la misma mirada pseudoseductora. ¿Qué creen? ¿Que nos vamos a desmayar de amor? Eeeeh, no. En serio.
Detiene el auto al lado del mío. Baja la ventanilla del acompañante. Se inclina hacia mí.
- ¿Te llamás Sofía, no?
- No. Me confundís con otra persona.
- ¿Entonces cómo te llamás? Yo soy Eduardo
.

Otro diálogo de semáforo. Gestos y más gestos. Lo miro.
- Hasta que no bajes la ventanilla no dejo de seguirte.
- ¿Qué querés?
- Tomá mi tarjeta. Llamame. Chau hermosa.
Y se va a toda velocidad…




Mujeres, cuéntenme de ustedes.
Señores… ¿por qué lo hacen? ¿Alguna vez levantaron algo de esta forma? Sólo quiero saber.
Ojo, miren que a mi me encanta que un buen mozote me tire los galgos…

jueves, 17 de enero de 2008

Yo Caníbal.


Estás dando tu conferencia sobre el enfoque estructural del hombre…. bla, bla, bla. Interesante la antropología, en serio. Sabés que me apasiona. Pero hoy no puedo concentrarme por más detalles que des al respecto. En lo único que pienso es en comerte.
Estoy sentada con la mano izquierda sosteniendo mi cabeza. Y te miro fijo. Estoy al acecho. Ya no te escucho. Los oyentes de nuestro alrededor desaparecen. Sólo quedamos vos y yo. Me levanto y me subo a esa larga mesa que está delante tuyo. Voy gateando sigilosa como un animal hasta ubicarme muy cerca de tu cuerpo quieto.
Te huelo. Mmmm. Me encanta tu olor. Te paso la lengua por el cuello. Te saboreo lento. Te lamo las mejillas. Mi nariz juega con tu boca. Te hociqueo. Soy un animal y te voy a devorar. Quiero comerte. Quiero tenerte adentro mío porque hoy soy caníbal. Quiero llenarme de tu energía, de tu esencia. Te quiero tener más allá de los límites. Por más que te abrace no me alcanza.
Como una loba te voy a devorar y vas a ser, de una vez por todas, parte de mi.

lunes, 14 de enero de 2008

Un golpe certero.


Era Fin de Año. Laura había invitado a una cena formal en su casa a su jefa, la señora Inés. Después de todo, se decía una y otra vez, era lo que correspondía. La señora Inés estaba en el Directorio de la empresa donde ella trabajaba desde hacía años. En realidad, era la viuda del dueño, quien había empezado a husmear por esos lugares luego de la muerte de su marido. Era una cincuentona bien mantenida, rubia, pequeña, de ojos claros y lolas grandes. Laura siempre pensó que demasiado grandes para su altura.
La señora Inés había apoyado mucho el ascenso de ella. Siempre apreciaba y sabía entender el trabajo que Laura hacía. Ella no dudaba que la tenía de su lado y que esta cena era muy importante para ambas. La señora Inés le había sugerido muchas veces organizar “algo, una tontera” para festejar el ascenso y de paso conocer esa “hermosa familia” que ella aún no conocía.
“Dale Amor, hacé un sacrificio. Bancate a la vieja 3 horitas así me saco este pendiente de encima”, le decía Laura a su marido buscando un poco de complicidad.
Por fin llegó el día. Había organizado una cena muy familiar, con toques formales y detalles de calidad que tanto ella como la señora Inés compartían. Laura se había vestido elegante pero a la moda, con un short de gabardina blanca muy sexy y un strapless negro. “Demasiado revelador” había sentenciado unas horas antes el marido aburrido por la reunión que aun no había comenzado.
Eran ocho personas en total: además de los anfitriones, dos compañeros de la oficina y sus parejas y la señora Inés con su hija soltera. Comieron bien, tomaron bastante, tal vez demasiado champagne, y los ánimos se fueron aflojando.
La señora Inés no dejó en ningún momento la copa que se llenaba una y otra vez. Parecía divertida, cómoda pero empezaba a decir incoherencias. “Después de todo es una mujer muy sola”, pensaba Laura y masticaba un poquito de pena.
Por fin, era hora de retirarse. Toda había salido de maravillas. Laura estaba muy feliz por el resultado de la cena. En la puerta, ella despide a todos sus invitados con un beso. “¡Gracias por venir!”, les dice a cada uno.
Por último, se acerca la señora Inés. La abraza, la mira. Acto seguido, le da un pellizco en la cola, una palmadita, le deja apoyada la mano y le dice al oído: “Que piernas formidables. Nos vemos el lunes”
Pum. K.O. “Mirá la vieja…”

Ahora, empiecen a rememorar… ¿¿Tuvieron alguna vez un KO directo a la mandíbula que los hizo perder la batalla??

miércoles, 9 de enero de 2008

¡Sorpresa!


Un día me desperté con ganas de sorprender a mi hombre. Me pregunté qué podía hacer para darle un ratito de felicidad. Concretamente sé que él prefiere, entre otras cosas, la buena comida, las bebidas espirituosas y, por supuesto, el sexo.
¿Cómo hacer para combinar estas tres cosas y que además sea original, sexy y atrevido…?
Llegué antes del trabajo y preparé una cena no muy pretenciosa pero segura que no iba a defraudar. Me fui a dar un baño. Puse una mesa simple: un par de individuales de esterilla, dos platos grandes, redondos y azules, un plato verde manzana más pequeño encima, lindos cubiertos, servilletas blancas, dos copas.
Prendí velas, abrí un buen tinto y en ese momento escuché las llaves en la entrada. Me acerqué, abrí la puerta y lo recibí con la copa de vino que llevaba en mis manos. Vió que tenía puesto el delantal de cocina con pechera que aún no había estrenado y mis zapatos negros de taco aguja. Se sonríe porque se da cuenta que había estado cocinando.
“Sorpresa”, le dije y le di un beso rápido con mordidita incluida. “Cociné para vos, seguime”.
Y al darme vuelta pudo apreciar que solo había eso. Un delantal con pechera y unos tacones negros.


Preguntita… ¿Alguna vez sorprendiste o fuiste sorprendido gratamente por tu pareja?
Si nunca te pasó, ¿cómo te gustaría que pase?

lunes, 7 de enero de 2008

Hechizada


Cómo la calentaba que la mire así. No era especialmente apuesto, ni especialmente inteligente, ni especialmente gracioso, pero la mataba que la mire así.
Era única esa mirada. Era casi un rito esa mirada.
Al principio le pareció un poco fuera de lugar que cuando los presentaron él la mire tan descaradamente. Le clavó la vista, le dio la mano y después la acercó suave pero firmemente hacia él y la saludó con un beso en la mejilla.
A ella le había gustado ese pequeño gesto de posesión. Tanto que hasta se ruborizó un poco. Tanto, que hasta le dio vergüenza llegar a oler su perfume. Tanto, que hasta imaginó esa mano fuerte y segura acariciando su cuello.
Ella lo veía una o dos veces por semana, por una cuestión de trabajo. Y cada vez era lo mismo. Después del saludo formal, se iba a sentar a su escritorio y la miraba. Descaradamente la miraba. Imperturbable, le clavaba la mirada y ella podía sentir cómo la iba desnudando lento, con la cadencia de los buenos amantes, con el ritmo que a ella le gustaba.
Se vestía para él porque sabía que la iba a desvestir. Estaba en todos los detalles porque le gustaba imaginar que él estaba controlando todo.
- “Comeme con la mirada. Haceme lo que quieras”- pensaba, mientras conversaba desinteresadamente en la oficina con un cliente y controlaba de reojo que él estuviera mirándola desde su escritorio.
Más allá del hombre, podía sentir cómo esos ojos la deseaban y la poseían descarados, sin permiso, irrespetuosos, infames, seguros, orgullosos, hermosos, sin un dejo de educación pero sin perder la compostura.

Nunca pasó nada especial entre ellos. Nunca la tuvo más que con sus ojos.
Después de todo, lo que más le atrae a ella de un hombre, siempre, es la forma en que la mira.


Ahora, ¿se animan a sincerarse y decirme qué los atrae de la persona que les gusta? Además de lo obvio, quiero saber qué es eso que los captura, que los deja pensando, que los hace ir más allá, que los hechiza?