miércoles 18 de noviembre de 2009

La creación del hombre


Dos muchachas esperan que abran la cortina del local donde trabajan, mascando chicle con la cara asqueada y de nada que tienen las vacas cuando rumian.
Maldito trabajo.

Un hombre en la puerta de una remisería mira pasar a un perro al trote, feliz, moviendo la cola y piensa que el animal seguramente es más dichoso que él.
Malditas preocupaciones.

Una mujer gorda y lenta carga dos bolsas, una en cada mano, equilibrando un peso que apenas soporta sobre esas piernas dóricas.
Malditas úlceras.

En la puerta de un banco, se acumulan personas con rostros cansinos, arrugados, lacónicos, asqueados. Unos detrás de otros, contra la pared, esperan que sean las 10:00 para cobrar su jubilación o pagar impuestos.
Maldita vejez.

Un mendigo sucio y con los pantalones bajos pide limosna y camina errante. Algunas personas se detienen a mirarlo, espantadas, curiosas, pero sólo eso.
Maldita pobreza.

Liviana por dentro y por fuera, dice el cartel.
Lenguas ausentes, reza un graffiti.

Mientras los demonios hacen estragos en un alma herida, dos mariposas se posan en mi ventana, obscenamente impúdicas, se acoplan y empiezan a fornicar.
Sus colas están enfrentadas, como los dedos de Miguel Angel.
Apoyo mis codos en un mueble y la cara descansa entre mis manos.

Y yo me sigo sorprendiendo, cada segundo, todavía, con el esplendor de la vida.

martes 27 de octubre de 2009

Supervivencia


La saliva se acumula en los costados de la lengua serpenteante.


Se desliza hasta la punta de esa lengua desplegada y un hilo de baba



lento,

continuo,

vivo,

caliente,

nutritivo,

primigenio

cae hasta la boca que desde abajo espera



abierta,

desesperada,

incompleta,

sedienta,

excitada,

enamorada.



Sos como un pichón hambriento esperando su maNá.






jueves 8 de octubre de 2009

Conductas


Uno, dos, tres, cuatro…
Cinco, seis, siete, ocho…
Me angustia mirar gotear una canilla.
Siento que se desperdicia vitalidad.

Uno, dos, tres, cuatro…
Cinco, seis, siete, ocho…
Un pié delante del otro.
Mantengo el ritmo al caminar.
Primero uno, después el otro.
Soy capaz de andar miles de vidas así.
Me concentro, no me caigo. Sigo la línea recta, me concentro, sí, me concentro y no me caigo, pero si no miro para delante…
Si sólo veo mis pies, no puedo seguirte y ya no sé para dónde estás yendo.
O tal vez me entretengo con mis pasos porque no quiero seguirte.
Te perdí.

Es eso, creo. Me aburrí de seguirte y me siento en cuclillas.
No, mejor como buda. Es más cómodo y de paso descanso las piernas.
Pero no me alcanza.
Estoy abatida.
Y me paro, me miro al espejo y me arreglo las plumas despeinadas.
Soy un pavo real con plumas de cotillón.
Eso pienso.
Eso creo.

Qué bueno que llegaste, que resistís mis embistes y mis embustes caprichosos, mis puñetazos infantiles, mis besos despiadados, mis manos huesudas, mis lengüetazos sinceros, mis mordidas desesperadas, mis besos encantados, mis gritos verdes y mis trampas más sutiles.
Necesitaba tu consuelo como una niña compungida.
Y hoy estoy tan cansada.

Llevame a la cama, dale.

Te prometo un mundo de mares y unicornios.
Y si no cumplo, ya sabés como corregirme.

lunes 14 de septiembre de 2009

De amores y desolación



Y así, de golpe, con un chasquido de tus dedos, con una frase, con esa nimiedad, mi alma queda en stand by.


Mi corazón está en desuso.

Como una habitación llena de moho, como una casona vieja de techos altos, como una bicicleta en llanta, como una máquina de escribir oxidada.

Y así, cuando me enojo tanto, un huracán me lleva a cientos de kilómetros de vos, de mi misma y –maldita sea- no me reconozco.

Ni te quiero.


Y me hago ovillo sin punta.

Y me enredo.

Y mejor me voy a dormir.


Aunque deseo más que nunca, aunque no te lo digo, que mi pulsión más profunda es abrasarme en tu abrazo.




miércoles 2 de septiembre de 2009

Ciertos besos


Muchas veces los besos suelen ser tomados a la ligera. Sin embargo, un beso bien dado puede llegar a ser el principio de una buena historia.
Eso fue lo que le pasó a Jimena.

Había conocido a Nicolás en una noche sin luna. Luego de una charla intrascendente y poco interesante, justo cuando la chica estaba por despedirlo sin pena ni gloria, el hombre la besó.

Fue un beso increíble. Digamos que a Jimena le sorprendió la manera en que Nicolás la miró profundamente a los ojos, la tomó de una mano, la pasó por detrás de su cintura, la atrajo hacia él... y la besó.

Al principio fue un beso lento, de labios secos y semicerrados. Luego, comenzó a crecer la intensidad, a medida que la boca se entreabría y esos tímidos labios se empezaban a mojar.

Una vez que la chica dejó de mostrar resistencia y se dejó llevar por sus sorpresivas ganas de seguir besando, el chico comenzó a hurgar en la boca de Jimena, buscando su lengua esquiva. Ella se dejó llevar, se acomodó mejor, tomó coraje y abrió la boca con ganas, devorándose a Nicolás que ya no necesitaba seguir insistiendo.
De a ratos dejaban de besarse, se miraban unos segundos, respiraban lento y profundo y volvían a encontrarse. Se mordisqueaban los labios, se lamían las comisuras…

Se gustaban, se degustaban, se sentían, se olfateaban, se probaban, se maridaban, se complementaban, se devoraban, se saciaban, se bebían. A veces, la chica lo tomaba del cuello, le levantaba la cabeza con ambos pulgares y pasaba su lengua por la garganta y por la pera de Nicolás, para clavarle apenas los dientes y luego seguir besándolo.

Y así, se comieron a besos un buen rato, cruzando fluidos, abriendo sus bocas y jugando con sus lenguas.
No… los besos no deben ser tomados a la ligera.

Creo firmemente que si un hombre no es generoso al besarme, tampoco sabrá hacerme el amor.

He dicho.


viernes 28 de agosto de 2009

X


Si tuviera que pintar mi grito, sería verde.


De un verde tan intenso y lacerante que no lo podrías oír en este cuarto,
en esta casa,
en esta ciudad.



Pero claro, como el verde no se oye
(¿acaso hay alguien que escuche en el vacío?)
y mi grito no se ve
(¿puede un ciego ver colores en la oscuridad?)
todo lo que acabo de escribir no tiene ni un poco de sentido.



domingo 16 de agosto de 2009

Sincericidio

- Jugamos a contarnos un secreto? Yo te cuento uno y vos me contás otro.
- Ok.
- Mmmmm, duermo con las medias puestas porque no me gustan mis pies.
- En serio?
- Mhm. Bueno, ahora vos.
- Ok. Cada vez que veo un hombre que me atrae no puedo evitar estar con él. Nunca pude serte fiel. Es más fuerte que yo. Eso.
- No quiero jugar más con vos!!!
- Hombres! Quién los entiende?



Hay personas que piden sinceridad a rajatabla, que enarbolan la bandeja que dice "Me banco todo menos una mentira", pero que no sospechan ni un poco que no están preparadas para soportar la crudeza de una verdad.
He mantenido relaciones durante años basadas en verdades no dichas, con la total certeza de saber que si aclaraba los tantos todo se iba al diablo.
Y no hablo de relaciones de pareja. Hablo de interacciones con personas, indistintamente del sexo. Pueden ser familiares, amigos, compañeros, amantes o novios.
Mienten. Esos seres no quieren saber la verdad. Quieren escuchar sólo la suya. Y se aferran a lo que quieren creer.
Y yo no miento. Simplemente no aclaro.
Mi escepticismo me juega malas pasadas.

Pero estamos hablando de secretos.
Y he aquí uno mío: nunca le creo a los hombres. Me es físicamente imposible creer lo que me dicen. Me hablen de lo que me hablen, yo no les creo del todo. O no les creo nada. Y me gusta saber que me están mintiendo y mirarlos y escucharlos y pensar que no les creo ni un poco.
Aunque (reconozco) es agotador.
Tal vez haya llegado el momento de dejar este estado y dejarme.

Si se animan, les pido que me cuenten un secreto muy suyo. Uno oscuro, uno guardado, uno feliz, uno vergonzoso: ese que no quieren que nadie conozca pero se mueren por gritarlo a los cuatro vientos.
De hecho, no firmen. Les dejo la libertad de escribir bajo otros pseudónimos o anónimos.

No me agradezcan por ayudarlos con una liberación. Saben que estoy para servirlos.